“Hábleme fuerte y claro que yo tengo cuatro enfermedades….” me dijo de manera jocosa y amigable, como si el que estuviera a su lado, fuera uno más de sus amigos de antaño. En realidad me hizo sentir así todo el tiempo.
La primera vez que escuché una canción del Maestro Leandro fue en el año de 1999, tenía 11 años y a mis manos llegó un cd en el que un grupo de niños del Cesar le cantaban a la paz de Colombia; era un coro fantástico liderado por una amiga de infancia que orgullosa e impetuosa supo conformar un conjunto de voces que cantando, entre otras cosas vallenatos, logró irrumpir en grandes escenario del país y el exterior a través de los talentosos niños.
En la voz de ellos escuché La Diosa Coronada, y hasta donde tengo noción, fue la primera canción vallenata que me aprendí en la vida. Por eso, cuando supe quién era el Maestro Leandro Díaz, se me volvió un sueño conocerlo. En mi cabeza no lograba asimilar, cómo un hombre que carecía de la vista, podía componer canciones llenas de elementos paisajísticos, descripciones físicas o simplemente recrear escenas de situaciones no percibidas.






