Cuando su papá, un médico anestesiólogo, realizaba las celebraciones familiares a punta de vallenato, Julián siempre lo miraba tocar el acordeón y la caja, instrumentos que ejecutó desde joven. Era un niño, y en su casa se celebraban parrandas monumentales, que nunca le alcanzaron para imaginar que podría tocar el famoso aparato que hoy con tanto orgullo carga a cuestas.
Su amor por el acordeón empezó a los 15 años, y aunque su papá sabía que su gusto era evidente, le hizo entender que debía terminar primero una carrera seria antes de meterse de lleno a tocarlo. No le dejó llevarse el acordeón, porque de esa forma no estudiaría, pero Julián, se gastaba el dinero que le enviaban mensual, alquilando una que le permitiera seguir con su idilio.
Este acordeonero es de Ocaña, Norte de Santander, y hace 10 años, estando en Bogotá, tomó la decisión de venirse a Valledupar. Llegó motivado por afianzar sus conocimientos en la ejecución del acordeón, pero su real excusa era la música vallenata, que ya había cautivado sus oídos desde pequeño.






