CULTURA

Gabo y su escritura sempiterna

La obra de Gabo aseguró desde hace muchas décadas su existencia a través del tiempo; se inmortalizó como el Quijote que ha podido resistir siglos de lectura, los mismos siglos que le quedan por delante a Cien Años de soledad y a toda la poesía narrada de Gabriel García Marquez, el mejor de todos los tiempos.

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Como el Quijote latinoamericano apodó Carlos Fuentes a Cien años de soledad, cuando leyó el primer borrador en el que constató la existencia del Coronel Aureliano Buendía, un héroe épico, tan amado y reconocido en toda la región, que todas las madres llevaban a sus hijas jóvenes para que tuvieran un hijo con él; fue un hombre venerado, respetado por el gobierno y por las personas del común a pesar de haber peleado 32 batallas y de haberlas perdido todas; aun así, pese a ser todo un campeón de derrotas, había triunfado ante la vida como un símbolo de entereza y gallardía.

Tenía 9 años cuando leí por primera vez a García Márquez. Aún estaba lejos de la tediosa imposición escolástica de leer para hacer estadística de la literatura, con personajes, tiempo, espacio y figuras retóricas, cuando experimenté la fuerza poética de su narrativa. Ella me afectó tanto que irreparablemente me volví obsesivo con la lectura de su obra.

Debo confesar que aprendí a leer más por imitar lo que hacía mi padre que por gusto, pero cuando experimenté la angustia de saber que tendría que leer muchos libros para conocer la obra de Gabo, pues apenas iniciaba con Un Señor muy viejo con las alas enormes, casi declino de mis aspiraciones. No obstante, del tedio pasé al asombro al descubrir un mundo nuevo, como el de Pigafetta, en el que el mayor embustero del mundo construía realidades fascinantes y tan bien contadas que las hacía creíbles.

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