La salvaguardia de los árboles es un compromiso permanente de las corporaciones ambientales, las administraciones públicas, las instituciones educativas y la ciudadanía en general; por eso, hablar del histórico árbol de mango de la plaza de Valledupar, es un discurso vigente.
El árbol de mango de la plaza Alfonso López es un verde monumento defensor de la vida y la contaminación; su follaje es alianza de reposo en los zapatos rotos de cansancio y atavío frondoso de encuentros y tertulias. El árbol está enfermo, pero no de vejez; está enfermo de olvido. Se olvidan de que está rodeado de cemento y tienen que remover la tierra y renovarla con nuevos nutrientes. Se olvidan de que le caen parásitos y sus raíces necesitan agua, oxígeno y minerales. Los árboles de mango pueden vivir más de trescientos años, y este apenas tiene 88 (fue sembrado por Eloy Quintero Baute el 7 de agosto de 1937).
Este árbol es un símbolo de la vallenatía. Es una referencia de medida para la concurrencia de la gente en la plaza. Si hay un evento en la tarima Francisco el Hombre, se considera exitoso, si la multitud pasa más allá del palo de mango. El mango es originario de la India, por eso su nombre científico es mangífera índica; por tener semillas, flores y frutos pertenece al grupo de las plantas angiospermas. Al observar bien la forma predominante de su fruto, pueden comprobar que se asemeja a un corazón, por ser de la familia de las anacardiáceas. En India le llaman “fruta del cielo”, y “el árbol de los deseos”. Las antiguas leyendas hindúes dan fe de su antigüedad y de la importancia para ellos. Por ejemplo, dicen que el rey Akbar, quien gobernó India hacia el siglo XVI, poseía una plantación de cien mil árboles de mangos. Hay una leyenda que pone el acento en el supuesto carácter sagrado, y es aquella que sostiene que Buda se sentaba a meditar a la sombra de un árbol de mango.






