Diez años después, todavía parece verse la escena: en Windhoek, Namibia, la delegación colombiana recibe un mensaje de un asistente de sala. La Unesco acababa de aprobar la inclusión de la música vallenata tradicional del Magdalena Grande en la Lista de Patrimonio Cultural Inmaterial en Necesidad de Salvaguardia Urgente. Era primero de diciembre de 2015 y el vallenato entraba —por derecho propio— al mapa cultural del mundo.
La noticia llegó primero por Twitter. Minutos después, los celulares en Valledupar comenzaron a vibrar: gestores, académicos, compositores, juglares, periodistas y curiosos reenviaban el anuncio que ya daba la vuelta al Caribe.
En el centro histórico, Carlos Llanos —propietario del espacio cultural y restobar Guacaó— y Estela Durán Escalona, su esposa, intérprete del vallenato tradicional, recibían mensajes sin parar. Ambos habían sido integrantes del equipo que construyó el dossier técnico enviado a París. En su local, un cartel aún recuerda ese día.











