Hay ironías excepcionales que el destino y el tiempo —si es que no son lo mismo— a veces nos permiten apreciar. Gabriel García Márquez, cuando ese nombre aún no significaba nada, fracasó como vendedor de libros en las desoladas y ardientes poblaciones del Magdalena Grande. Años después se convertiría en uno de los escritores de mayor éxito en ventas en el mundo.
Valledupar fue una de esas poblaciones donde Gabo intentó ganarse la vida vendiendo libros a plazos, y a ella siempre volvió, pues su cultura y cotidianidad estaban —y lo están aún— mediadas, ciento por ciento, por la música vallenata, o sea, por literatura cantada, la que él difundió y homenajeó en Cien años de soledad.
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