Por Luis Augusto González Pimienta
Creo que fue al despuntar de este siglo XXI cuando se expandió la modalidad de solicitar como regalo de bodas una suma de dinero, mediante la llamada lluvia de sobres. En realidad no lo tengo claro. Lo cierto es que habiendo surgido como una práctica exclusiva de los matrimonios se extendió a las celebraciones quinceañeras, a las primeras comuniones, bautizos, grados y cumpleaños.
El protocolo y la etiqueta no son mi especialidad, de manera que mi sorpresa fue mayúscula la primera vez que recibí una invitación a un casamiento en donde se incluía la expresión “lluvia de sobres”. Ignorando su significado imaginé que era la sorpresa de la fiesta en la que los anfitriones lanzarían desde una altura una gran cantidad de sobres llenos de confituras. También pensé en la posibilidad de que los tales sobres fueran puestos en las mesas debidamente humedecidos, por aquello de la lluvia. Ni lo uno ni lo otro. Era la forma de pedir el regalo en dinero contante y sonante.






