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Entre extremos políticos

El análisis de Azarael Carrillo Ríos aborda los resultados de la primera vuelta presidencial, los principales derrotados de la contienda y las preocupaciones que generan las candidaturas de Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda de cara a la segunda vuelta

Azarael Carrillo Ríos - Columnista de EL PILÓN

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Una de las primeras consecuencias de las elecciones es que desnudan a las empresas encuestadoras con resultados que generalmente sorprenden. Lo único seguro antes de la elección del pasado domingo era que íbamos a segunda vuelta con dos candidatos que representan la derecha pura sangre y la izquierda radical. Pero las encuestas mostraban un panorama favorable al candidato de gobierno, tanto así que éste se durmió en la comodidad de los guarismos y terminó despertando ante la posibilidad de una derrota inesperada.

El triunfo de De La Espriella fue sorpresivo. Tenía que derrotar a la candidata de Uribe y vencer al candidato de gobierno sin el apoyo de los partidos tradicionales. Su ascendente campaña me recuerda la primera elección de Uribe, que pasó de un 2 % a un 12 % en un par de semanas y de ahí en adelante nadie lo pudo atajar.

Para que haya un gran vencedor se requiere de uno o varios vencidos y estas elecciones dejaron por lo menos tres grandes perdedores. Perdió Uribe, al apostar por una candidata que fue incapaz de impedir que los votos de la derecha migraran hacia Abelardo, quien mantuvo un discurso más crudo, sin importarle que lo que hablaba fuera políticamente correcto o no. Paloma se contrajo a su mínima expresión y solo logró retener los votantes más fieles a su mentor, alcanzando menos del 7 % del total de la votación.

Perdió Cepeda, quien hace un par de meses era el seguro ganador de las elecciones y se mostraba imbatible en segunda vuelta frente a todos los candidatos. La escogencia de una vicepresidenta que no le suma ni un voto, al igual que su decisión de esquivar los debates y evadir respuestas sobre los problemas más álgidos del país le han pasado cuenta de cobro. En buena parte, Petro ganó las pasadas elecciones gracias a su capacidad de debate y a su elocuencia en entrevistas y plazas públicas, contrastando con la opacidad de su candidato actual, que aparece en escena únicamente para leer discursos aburridísimos escritos por él mismo. Por otra parte, Petro ha venido culpando a los pocos ministros que tuvo del centro por los fracasos de su gobierno, una actitud hostil e inconveniente en tiempo de elecciones.

Por último, el otro gran perdedor fue Fajardo, que vuelve a pasar de ser protagonista al inicio de campaña a rezagarse a los últimos puestos en las elecciones, con un porcentaje de la votación que no representa al tercio de la población que puede estar es su franja política. Fajardo adelantó una campaña tradicional y pobre de ideas y rechazó apoyos que le hubieran sido muy útiles.

A los extremos políticos se les tiene temor. Personalmente le temo a Cepeda por su afinidad con el marxismo rancio e ineficiente, por su ingenuidad —que raya en la estupidez— frente al tema de la seguridad, por su intención de convocar a una asamblea constituyente, por no responder a preguntas sobre temas álgidos como la situación fiscal del país y otros y por su interés en acabar con el carbón, el gas y el petróleo fuentes de empleo e ingresos para la nación. ¿Qué sería del Cesar y La Guajira sin Drummond y el Cerrejón?

De De La Espriella temo su discurso incendiario: meter preso y extraditar a Petro (eso sería un detonante para incendiar el país), su menosprecio por los indígenas, su intención de arreglar muchos problemas con plomo y cárcel, su odio hacia partidarios de la oposición. Ojalá sea estrategia de campaña y no una determinación real para bien del país, si llega a la presidencia.

Una minoría votaremos en segunda vuelta por el mal menor o en blanco. Ya yo tomé la decisión, confiando en Dios que sea para bien.

Por: Azarael Carrillo Ríos

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