El fervor popular que hoy sacude las entrañas de Colombia no es un simple capricho electoral ni un fenómeno pasajero. Es el rugido ensordecedor de una nación que se resiste a morir; el grito de un pueblo harto que exige, sin titubeos, recuperar los valores fundacionales que la corrección política y el progresismo pretendieron enterrar.
Colombia está viviendo un quiebre histórico. Millones de patriotas han encontrado en Abelardo de la Espriella, “El Tigre”, no solo a un candidato indomable, sino al comandante de una resistencia moral y política.
El Contundente respaldo popular en la primera vuelta, con más de diez millones de votos, es el reflejo de años de humillación y hartazgo ante una izquierda miserable que ha intentado desmantelar nuestra fe, destruir la familia y criminalizar el trabajo honrado para imponer su agenda de dependencia y miseria.
De la Espriella representa una ruptura total con el consenso tibio. No viene a pedir permiso ni a congraciarse con las élites tradicionales que entregaron el país. Su propuesta es un puño sobre la mesa: una nueva derecha que no pide perdón ni agacha la cabeza por defender la herencia de nuestros mayores. Una derecha sin complejos que coloca a Dios en el centro de la vida pública, que blinda a la familia tradicional como el único núcleo sagrado de la sociedad, y que entiende que la riqueza se crea con empleo digno, propiedad privada y libertad económica, no con la vagancia subsidiada que promueve el comunismo.
En una patria devastada por el caos, la impunidad y la perversión de la ideología de género que pretende corromper a nuestros hijos, Abelardo habla con la claridad que los cobardes esquivan. Su doctrina contra la delincuencia es la de la mano de hierro, la defensa de la vida desde la concepción y la restitución del derecho absoluto de los padres sobre la crianza de sus familias.
Para “El Tigre”, la seguridad no es un tema de negociación, sino de autoridad implacable. Su gobierno ejecutará un fortalecimiento radical y sin precedentes de nuestras Fuerzas Públicas y de la Policía Nacional, devolviéndoles el fuero, el respeto y la orden perentoria de doblegar al terrorismo. Con él en la Presidencia se acaba de inmediato la alcahuetería estatal: volverán los ataques aéreos implacables contra los campamentos guerrilleros y se reactivará la fumigación masiva y sin contemplaciones de los cultivos de coca, asfixiando el motor maldito del narcotráfico que financia la destrucción de Colombia. Al delincuente se le somete; al terrorista se le neutraliza.
Esto no es nostalgia; es supervivencia cultural y soberanía pura. Una nación que expulsa a Dios termina de rodillas adorando al Estado. Una sociedad que debilita a la familia engendra caos, delincuencia y decadencia moral. Y un pueblo sin empleo productivo queda reducido a un rebaño de mendigos dependientes del clientelismo oficial.
Frente a la amenaza de un modelo colectivista que solo ha profundizado el odio de clases y el desprecio por la ley, Abelardo de la Espriella propone un proyecto de nación anclado en el patriotismo más feroz, la libre empresa y los valores judeocristianos que construyeron la civilización occidental. Intentarán llamarlo extremismo, pero es la respuesta natural de un pueblo que despierta. Es el sentido común convertido en contraofensiva política.
Los colombianos estamos ante una encrucijada de vida o muerte. Podemos seguir descendiendo por la pendiente de los experimentos socialistas que prometen igualdad y solo entregan miseria, ruina y división, o podemos elegir el camino de la reconquista nacional: Dios, familia y empleo. Tres pilares innegociables para reconstruir una Colombia próspera, blindada y orgullosa de su estirpe.
El próximo 21 de junio no asistiremos a una elección cualquiera. Será un referendo definitivo sobre nuestra propia existencia. El fervor popular ya encendió la mecha. Ahora solo falta aplastar en las urnas la amenaza totalitaria y consolidar la victoria de la patria.
Por: Álvaro Ariza





