Si no fuera una hipérbole sentimental, diría que el Cerro del Avión y yo somos viejos amigos. Lo conozco perfectamente hace mucho tiempo, cuando, estimulado por el prurito de las telecomunicaciones, empecé a verlo como el perfecto aliado para expandir mensajes a grandes distancias.
Efectivamente, a mediados de los 70, y siendo miembro de una de las más antiguas ligas de radioaficionados de la región, colocamos conjuntamente con mi hermano Eduardo y otros radioaficionados de Maracaibo, una antena repetidora en su cumbre, a 3.890 metros de altura, que nos permitió establecer nexos más estrechos con el gremio radioaficionado de Venezuela.
Años atrás habíamos creado, en la banda de 40 metros, la cadena de la confraternidad. Los colegas de Maracaibo, los YV1 y los del Cesar y La Guajira HK2, por la misma cercanía, nos uníamos en verdaderas redes de hermandad y fraternidad.











