Hace cinco siglos, el alemán Ambrosio Alfinger recorrió de norte a sur el territorio que hoy corresponde al departamento del Cesar en una de las expediciones más prolongadas, dramáticas y menos comprendidas del primer ciclo de la conquista en el norte de Suramérica. Había llegado a Coro un 24 de febrero, a los 29 años. Nacido en Ulm en 1500, fue un empleado al servicio de la poderosa Casa Welser de Augsburgo. Alfinger llegó al Nuevo Mundo como parte de un experimento político-financiero singular: la concesión de la provincia de Venezuela a banqueros alemanes que habían financiado la elección imperial de Carlos I de España como el Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico.
La Capitulación de 1528 otorgaba a los Welser derechos amplísimos: explorar, fundar ciudades, explotar minas, administrar justicia y pagarse en nombre de la Corona. La empresa no era meramente militar, sino económica. Debía producir oro. El territorio concedido, llamado Klein Venedig, era una abstracción geográfica: costas desconocidas, tierras inexploradas y fronteras inciertas. El mandato imponía límites hacia el cabo de la Vela en el litoral, pero difusamente definía con claridad los alcances tierra adentro.
En junio de 1531, Alfinger partió de Coro con 40 jinetes y 130 hombres de a pie. Era una fuerza considerable para la época, aunque insuficiente para dominar vastas extensiones. Escaló en Maracaibo —que él mismo había fundado— y el 1 de septiembre inició la penetración hacia occidente y suroccidente. No lo acompañaban mujeres ni sacerdotes; no era expedición pobladora sino entrada de exploración armada y de conocimiento geográfico. Llevaban ballestas, arcabuces, espadas, caballos y brújula. La pólvora y la caballería constituían su ventaja tecnológica.
Lo acompañaban el paisano Casamyre Nuremberg como capitán de caballería; Pedro de San Martín, veedor y factor del rey, el de las cuentas y la administración; su hermano Francisco, Iñigo de Vasconia y el maestre de campo Esteban Martín, quien desempeñaba además la función crucial de lengua o intérprete. El relato de este último, conservado en el Archivo General de Indias y reproducido por Nectario María y copiado por Gonzalo Fernández de Oviedo, el primer gran historiador de las Américas, a su vez empleado directivo de la Corona, permite reconstruir con notable precisión su trayecto y circunstancias.
Desde Maracaibo avanzaron quince leguas (aproximadamente 75 kilómetros) en plano y quince en sierra, bordeando la serranía de Perijá, entonces llamada de los Bugeres. La geografía imponía dificultad constante: calor extremo en las planicies, espesuras boscosas, ríos de caudal variable y serranías abruptas. A unas veinticinco leguas del Cabo de la Vela encontraron los pueblos que llamaron coanaos. En la región del lago habitaban buredes y bugures, de filiación caribe; más hacia el interior se hallaban tupes o chiriaimos, también caribes. Los guajiros pertenecían al tronco arawak; los chimilas serían posteriormente clasificados como chibchas, por su habla (Ette). Esta complejidad étnica revela que no se trataba de un vacío humano sino de un mosaico de sociedades con redes propias de comercio, guerra y alianzas. Una federación de aldeas, de bohíos, llamado el territorio general de Los Pocabuyes.
Los indígenas mostraban prevención. Relataban abusos cometidos por los cristianos de Santa Marta: robos, esclavizaciones, exigencias de oro para liberar cautivos. Esa memoria reciente condicionaba el trato con la expedición alemana. Pedro, sobrino del gobernador García de Lerma, había tocado antes el río Cesar. También se aproximó al valle el conquistador Vadillo, todos enviados en los primeros reconocimientos a la región; entraron y salieron de inmediato.
Alfinger exigía obediencia formal al rey castellano; Esteban Martín intentaba negociar. Hubo momentos de paz y trueque, y otros de abierta hostilidad.
En enero de 1532 Alfinger envió a Iñigo de Vasconia con 24 hombres hacia Maracaibo para transportar el oro reunido y traer refuerzos. La comunicación en esos territorios era incierta; no volverían a tener noticias durante dos años. La expedición continuó hacia el sur siguiendo el curso del río Xixiri o Zetsarí, luego llamado río Cesar. Era un cauce de meandros pronunciados, con variaciones estacionales que lo hacían en una temporada navegable y en otra de aguas disminuidas . Avanzaban preferentemente por la margen derecha para reducir riesgos de emboscadas.
Las aldeas eran pequeñas, de tres a cinco bohíos, organizadas en torno a la agricultura de maíz, yuca y ahuyama. No existía ganado europeo, que después convertiría la región en el gran hato ganadero del norte del nuevo país que nacía ; la fauna disponible incluía venados, zainos, iguanas y abundante pesca. Los caballos impresionaban profundamente a los indígenas por su tamaño y velocidad. La marcha era lenta, apenas unas pocas leguas semanales.
Conforme descendían hacia el sur aumentaban los indicios sobre la existencia de oro. Llegaron a través del río a la que denominaron Tamara, cerca de la amplia ciénaga de Zapatosa, descrita como asentamiento de más de mil bohíos y con fundiciones activas. Allí permanecieron dos meses y medio. Era un centro poblado significativo, situado estratégicamente en zona alta para evitar inundaciones. En ese punto el río Cesar desembocaba en el Yuma, el gran Magdalena, ancho y densamente habitado por cindahuas. Indígenas que ofrecieron al gobernador libras de oro fino y describieron regiones aún más ricas: Cumiti (Simití) y Coyandin, al otro lado del río, de sabanas, lagunas y abundante metal en los cauces hídricos.
La imposibilidad de cruzar el Magdalena en condiciones seguras frustró ese objetivo. Los esteros, las crecientes y la carencia de embarcaciones adecuadas lo impidieron. Por ello, el 24 de junio de 1532 Alfinger envió a Esteban Martín a Coro en busca de refuerzos, carpinteros y clavos para construir barcos y fundar un asentamiento permanente. Martín logró regresar con 82 personas adicionales. Con todo, no sería posible vadear el Magdalena.
Reanudaron la marcha al sur por la margen derecha del ancho río (en el actual departamento del Cesar) y no dejaron de avanzar en esa dirección . Sin embargo, la situación comenzó a deteriorarse. Los nuevos intentos de cruce fracasaron. Fue la gran desilusión de la expedición y del gobernador de Venezuela Ambrosio Alfinger .
Decidieron entonces girar hacia el oriente, ascendiendo hacia tierras altas en dirección a lo que hoy es Norte de Santander. La retirada se transformó en tragedia. El frío de los páramos, el hambre prolongada, la pérdida de animales de carga y el hostigamiento indígena produjeron mortandad considerable. Comieron carne de caballo, perros y hasta cueros asados. Ocho cristianos murieron de frío en un solo episodio, entre ellos Casamyre. Se abandonaron cadenas y municiones por falta de porteadores.
Las guasábaras – asaltos indígenas – eran constantes, sorpresivos con gritos y ruidos, seguidos de retirada rápida. Aunque los caballos infundían temor, la ventaja militar se erosionaba por el agotamiento. Se alimentaban de maíz sin sal y hierbas cocidas. La moral decaía.
Tras cruzar el páramo de Santurbán descendieron hacia el valle de Chinácota. Allí los chitareros, armados con flechas envenenadas y macanas, lanzaron ataques decisivos. Esteban Martín fue herido; Alfinger recibió un golpe en la garganta. Murió el 1 de junio de 1533. Pedro de San Martín asumió el mando y organizó la retirada paralela al río Pamplonita. Historiadores vallenatos han asegurado sin rigor que en venganza por la falsa muerte que le habría propinado al cacique Upar, fue vengado por el chimila Francisco el Vallenato.
Finalmente, los sobrevivientes alcanzaron la región de Maracaibo —donde se encontraron, en zona occidental de la serranía de Perijá, con el único sobreviviente de la expedición de Vasconia— y regresaron a Coro el 2 de noviembre de 1533, después de dos años, cuatro meses y veinticuatro días. La ruta exacta seguida entre el Magdalena y Chinácota ha generado debate historiográfico persistente; unos dicen que fue por Ocaña otros que por el río Lebrija. Ese tránsito dejó más de un centenar de muertos, en su mayoría indígenas de apoyo, encadenados en filas portadores de vituallas.
Posteriormente se construyó una leyenda negra. Cronistas coloniales acusaron a Alfinger de arrasar el Valle de Upar y destruir pueblos hasta Zapatosa. Sin embargo, la supervivencia posterior de tupes, chimilas y motilones indica que no hubo exterminio total. La supuesta muerte del cacique Upar y su venganza legendaria, que han expuesto historiadores de Valledupar, carecen de respaldo documental verificable.
La ausencia de clérigos en la expedición alimentó sospechas en un contexto marcado por la Reforma luterana. Lutero vivía entonces en la misma ciudad de la casa alemana concesionaria. Ese primer ataque del señalamiento protestante de Alfinger la expuso Bartolomé de las Casas y la repitieron sin crítica alguna todos los cronistas castellanos y los historiadores americanos. En 1546 la Capitulación fue revocada, señalando incumplimientos en fundaciones y evangelización. La figura de Alfinger quedó así atrapada entre la lógica mercantil de los Welser y la narrativa castellana que tendió a presentarlo como cruel y ajeno al ideal colonizador español. Hace cinco años sus restos, recogidos en Chinácota, fueron llevados por las colonias alemanas del Zulia para representar el sello alemán en la creación de Venezuela. Por supuesto, la Academia de Historia de Maracaibo aclaró que no había un sitio exacto de su muerte, sino una región a la que van en excursiones los santandereanos.
En conclusión, Alfinger recorrió el Cesar, fue el verdadero descubridor del Valle de Upar, alcanzó la ciénaga de Zapatosa y el Magdalena, recibió noticias —que siglos después se corroborarían— sobre las regiones auríferas del sur de Bolívar y el bajo Cauca, pero no logró consolidar dominio ni establecer fundaciones estables. La combinación de geografía anfibia desconocida, fuerte resistencia indígena, clima adverso, limitaciones logísticas y aislamiento estratégico frustró la empresa. Murió en retirada, lejos del oro que justificaba su misión, dejando una huella histórica compleja, donde se entrelaza la ambición, una concesión estatal fallida, una reputación asociada al conflicto religioso, poco rigor en la investigación histórica y la construcción de una leyenda sin fin.







