Pasado el reencuentro espiritual de la Semana Mayor y con la tranquilidad de una positiva reflexión acerca del cumplimiento de metas y compromisos con nosotros mismos y con los demás, se divisa al final de abril el bálsamo de nuestras penas, el gran Festival Vallenato.
Para muchos será una fiesta más, en la que la parranda y el licor toma posesión de cuatro días de acordeones, otros lo ven como la oportunidad laboral que humectará el verano económico de carencias familiares, pero la connotación más importante del homenaje al gran Iván Villazón, radica en su intrínseca responsabilidad de recordarnos que la singularidad de nuestros sones, paseos, merengues y puyas, son el único antídoto para conjurar la autoeliminación planteada por la desenfrenada evolución de la música de fuelles, pitos y bajos.
En este contexto radica el papel protagónico de la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, son ellos y solo ellos nuestro polo a tierra folclórico. Gústenos o no, con errores y virtudes, pasiones y negligencias, son quienes a través de los años han oxigenado la amorfa miscelánea de ritmos que se escudan en un acordeón, para aprovechar comercialmente la trascendencia, ya mundial, de nuestro folclor vallenato.










