Querida Mariana: he leído con atención tu columna de opinión y, a diferencia de otras que has publicado, me permito decir que estoy en completo desacuerdo con lo que allí postulas. Mencionas varias cosas, pero intentaré refutar solo aquello que considero lo más importante —que no es poco—.
Para empezar, me gustaría —pensando en quienes no la han leído— resumir lo que publicaste: mencionas que el feminismo no pertenece a la izquierda ni a ningún sector político, y que su valor no está en discursos y simbolismos, sino en resultados concretos en la vida de las mujeres. También haces una crítica a la falsa dicotomía entre mujeres de derecha y candidatos progresistas. Y, entre otras cosas, cuestionas que se utilice el feminismo (claro, asumes que solo hay uno) como herramienta discursiva sin coherencia en la práctica.
Para sustentar lo anterior, te basas en ejemplos puntuales de figuras y gobiernos que dicen ser feministas, pero que se quedan cortos en la práctica (respaldo de funcionarios cuestionados o tensiones internas con liderazgos femeninos). Por último, y no menos importante, dices que “el feminismo les pertenece a las mujeres” y que sus luchas no deben vincularse ni atribuirse a ninguna corriente ideológica en particular.
Hecho el resumen, me permito refutar: sé que es muy tentador asumir esas posturas que se presentan como equilibradas (lo siento, me haces acordar a Sergio Fajardo con su “no soy ni de izquierda ni de derecha. No polarice”). Parece sensato y hasta moderado. No obstante, esa aparente neutralidad no es más que una forma elegante de simplificar lo complejo.
Decir que el feminismo no le pertenece a la izquierda parece una defensa de su autonomía. Y en parte tienes razón: los feminismos (yo sí creo que hay varios) no son propiedad de ningún partido. Pero eso es distinto a afirmar que no le debe nada a la izquierda, porque al hacerlo dejas ver que no es una postura neutral; puede ser una estrategia para borrar la historia.
La historia nos muestra otra cosa. Si miramos atrás, podemos ver que lo que hoy celebramos como “resultados concretos” no fueron a causa de una generación espontánea. Fueron años y años de luchas colectivas en las que los feminismos caminaron, no siempre de la mano, pero sí en diálogo con movimientos obreros, sociales y progresistas que disputaban las condiciones materiales de la vida.
Por otro lado, me resulta problemático —y hasta paradójico porque haces una crítica al falso dilema, pero tú también caes en uno— que opongas lo simbólico a lo real. ¿Acaso lo simbólico no es tan poderoso como lo “real”? ¿No es acaso lo simbólico lo que define lo que cuenta y lo que no? Sin transformaciones culturales los cambios materiales se vuelven frágiles, reversibles y —como bien sabemos tú y yo— invisibles. Desde mi perspectiva, hay valor tanto en lo simbólico como en lo “real”. No hay por qué hacerlos excluyentes.
Tampoco puedo pasar por alto la manera en la que criticas el uso oportunista del feminismo sin transformaciones reales. La cosa es que haces aseveraciones generales a partir de ejemplos específicos que, además de discutibles, son insuficientes para sostener afirmaciones de tal calibre. Señalar casos puntuales no autoriza a construir diagnósticos totales. Le falta rigor y puede ser peligroso. Y eso también ocurre cuando mencionas lo del sistema de salud.
Es impreciso. Es cierto que el sistema de salud colombiano —y otros sistemas— arrastra problemas, fallas estructurales y desigualdades desde hace décadas, pero no podemos olvidar que este es el primer gobierno progresista tras años de gobierno derechista. Hacemos mal si siempre —ocurre últimamente con mayor rapidez y masividad— convertimos los problemas estructurales en responsabilidades coyunturales. Me temo que es una manera de distorsionar lo que realmente ocurre.
Y por último —para no ser tan intensa—, lo que me hizo recordar mi distancia con los colectivos feministas es eso que dices: “[…] el feminismo no pertenece a la izquierda. Pertenece a las mujeres que, desde nuestra diversidad, trabajamos por una sociedad más equitativa y justa”. Los feminismos no son un proyecto exclusivo de mujeres. Las desigualdades de género atraviesan toda la sociedad y transformarlas implica —tal y como lo menciona Nancy Fraser— interpelar a los hombres, involucrarlos, cuestionar los roles que los configuran y abrir espacios de corresponsabilidad. No sé tú, pero yo creo que pretender un cambio profundo sin incluirlos es limitado e inviable. Y, bueno, con esa afirmación —“el feminismo pertenece a las mujeres”— también dejas por fuera a la comunidad LGBTIQ+.
En suma, tal vez la pregunta no sea si el feminismo es de izquierda o de derecha. Tal vez la pregunta sea qué tipo de sociedad estamos dispuestas —y dispuestos— a construir cuando hablamos de igualdad. Y esa, querámoslo o no, siempre será una pregunta política.
Por: Laura Gómez







