Hubo un tiempo, no tan lejano, en que los amaneceres del Valle eran un canto a la vida. El maestro Romualdo Brito los describía con amor, con la ternura de quien contempla la luz dorada filtrándose entre las montañas y los cañahuates, con la esperanza de que cada día renovara la promesa de un horizonte amable y la certeza de que la vida, en su forma más sencilla, era un regalo. Hoy, sin embargo, aquellos amaneceres han cambiado de piel. La luz sigue filtrándose, sí, pero ya no acaricia los corazones: ilumina la incertidumbre, la tristeza y un oscuro silencio que huele a muerte y desconsuelo.
Los fines de semana, que en otro tiempo fueron sagrados paréntesis de sosiego y júbilo, han claudicado ante la reiteración sistemática de la tragedia. Cada travesía por las arterias del Valle se percibe hoy como una procesión bajo el estigma de la premonición; ya no se transita el asfalto, se recorre un vaticinio. La imprudencia al volante ha dejado de ser el exabrupto de un instante para institucionalizarse como un ritual sombrío, una liturgia del desastre que desmantela hogares y reduce la memoria a un puñado de fragmentos rotos. El dolor, cuya naturaleza debería ser el asombro y la excepción, se ha mimetizado con el paisaje hasta volverse una presencia ubicua: impersonal, gélida, inevitable.
La costumbre ha derivado en una suerte de calendario fúnebre donde el imaginario popular aguarda el fin de semana como quien espera el cumplimiento de una sentencia. Los sábados y domingos son ahora las estaciones de una fatalidad que se anuncia en la penumbra y se ratifica con la primera luz del día. Esa interrogante que la prudencia preferiría callar se ha vuelto el saludo amargo de la aurora: ¿a quién se ha llevado hoy la muerte? Y la respuesta sobreviene despojada de toda humanidad, destellando en el frío cristal de una pantalla, mientras en el asfalto los cuerpos guardan un silencio absoluto y los gritos del alma se disuelven, huérfanos, en la indiferencia de la madrugada.











