VALLEDUPAR

“Lo más hermoso de Valledupar venía con la primavera después de las lluvias de abril”

Lo más hermoso de Valledupar venía con la primavera después de las lluvias de abril. Entonces disfrutábamos de un verdadero paraíso. La Plaza Mayor se cubría de dorada alfombra. Eso sí, las florecillas ocultaban las espinas del punzante abrojo. Había olvidado que ella estaba cruzada por un sendero diagonal profundo, que iba desde “El Balcón” hasta la esquina de la casa de Teófila de Mejía, el cual se convertía en acequia durante el invierno.

“Lo más hermoso de Valledupar venía con la primavera después de las lluvias de abril”

“Lo más hermoso de Valledupar venía con la primavera después de las lluvias de abril”

canal de WhatsApp

El médico siquiatra José Francisco Socarrás será exaltado mañana jueves por el presidente de la Academia Colombiana de Historia, Armando Martínez Garnica, a las 10:30 a. m. en la Feria del Libro de Valledupar. 

De su libro de apuntes de la historia de Valledupar, publicado en edición limitada por Plaza & Janés (2000), transcribimos estos pasajes del pueblo natal que vivió en los inicios del siglo XX. 

Personajes destacados

¿Figuras importantes? El doctor Juan Bautista Pavajeau, médico de la Facultad de Medicina de Santa Marta, una de las primeras existentes en Colombia, ejerció su profesión durante muchos años con desinterés ejemplar, vivía en El Balcón y en el primer piso tenía su consultorio y botica. Ya anciano se le veía recorriendo a pie las desiguales calles de la ciudad, apoyado en un bastón o a caballo. Visitaba a diario a sus pacientes ricos o pobres, ya que todos eran para él motivo de consagración ejemplar.

El doctor Pavajeau además tocaba el órgano en las festividades religiosas. Cabe recordar que las enfermedades frecuentes de la época, además del sarampión y sus similares, típicas de la infancia, eran el paludismo, la fiebre tifoidea, el ántrax, la cirrosis hepática como caso curioso. El paludismo cerebral solía ser de pésimo pronóstico. La quinina se usaba como el único antipalúdico existente.

José María Castro Baute, quien desempeñó papel importante en la guerra civil en 1900, fue el primero que abrió Valledupar al comercio con Barranquilla. Llevaba las mercancías en barco hasta El Banco y luego en lanchas hasta El Paso. De allí las transportaba a su destino final en mulas o en carros tirados por yuntas de bueyes.  Hombre de empresa, creó la “Compañía de Navegación del Río Cesar”, cuyos estatutos generales fueron protocolizados en Barranquilla en 1913, con la mira de hacer navegable ese río entre El Banco y el puerto de Salguero en La Paz.

En general el comercio se hacía con Riohacha, de donde se transportaban las mercancías a lomo de mula. Ese era entonces el centro comercial más importante de toda la región como el puerto más cercano para importaciones y exportaciones. Además de la tienda del señor Castro, existían en mi ciudad las de los señores Alejandro Carías, José Uhía, Juvenal Palmera y la de mi padre Sabas Socarrás, a cargo de mi madre Crisanta Colina. En ellas se vendían telas, toda suerte de artículos domésticos y también alimentos, ya que el arroz, la manteca, el petróleo y algunos productos más eran artículos importados.

Y aquí viene a cuento mencionar los de exportación que se reducían a cueros, dividivi para obtener tanino, palo brasil, del cual se sacaba el tinte rojo, algo de café cultivado en la sierra de Villanueva y algunos productos más.

Clemente Quintero, secretario toda la vida del Juzgado del Circuito, Juvenal Palmera, Alejandro Carías y José María Maya eran los patriarcas del Partido Liberal. Éste también contaba con una juventud radical, integrada por José Domingo Maestre, Eloy Quintero, Virgilio Baute, Santander Araujo y José Pumarejo Gutiérrez. Antirreligiosos, uno de ellos disparó su revólver contra las imágenes en una procesión de Semana Santa. La bala atravesó el velo de “La Dolorosa”. El escándalo fue de padre y señor mío.

Los liberales de la época llevaron la primera imprenta que existió en Valledupar y publicaron un semanario, “El Guatapurí”, de corta duración. La imprenta funcionó en la casa de don Clemente en la Calle Grande. Juan Gutiérrez aprendió a manejarla y la compró, muerto el notable liberal. En últimas ella fue a pasar al municipio.

¿Otros nombres? Celso Castro amaba la música y fue el primero en poseer una vitrola y una buena colección de discos clásicos. Don Trinidad Mejía y su hijo Calixto, conservadores nuñistas, se distinguían por su laboriosidad. En la casa de don Calixto, casado con doña María Monsalvo, viví algún tiempo porque mi padre tuvo que irse a temperar a La Paz. Conservo recuerdos muy gratos de una etapa de mi adolescencia en que me fue dado vivir con ellos y sus hijos.

Don Trinidad regaló el lote de la Plaza Mayor, al que me referí, donde se levantó el colegio de la Sagrada Familia. Este comenzó a construirse merced a auxilios oficiales que consiguió Casimiro Raúl Maestre, cuando fue diputado a la Asamblea del Magdalena. Del mismo origen fueron los dineros con que se empezó en la década de los años diez a reconstruir la iglesia parroquial. Para ello se trajo de Riohacha al maestro Mateo Acosta, albañil hábil, a quien se deben los arcos monumentales del actual baptisterio, quien se radicó y murió en Valledupar.

Para concluir este aparte he dejado el nombre de quien fue el primer escritor que hubo en Valledupar. Se trata de Nelson Monsalvo, hijo natural del doctor Pedro Monsalvo y una señora natural de Valencia de Jesús. Por ello nuestro personaje empleó el seudónimo de “Conde de Valencia”. Escribió prosa y poesías publicadas en los diarios de Barranquilla y Santa Marta. Entre sus ensayos, conservo uno sobre Mompox. Si no me equivoco, se desempeñó también como diputado a la Asamblea del departamento del Magdalena. Ojalá estas palabras sirvan para que alguno de los jóvenes vallenatos rebusque en los susodichos periódicos los versos y prosas de don Nelson, los seleccione y dé a la publicidad.

La educación

¿Escuelas? Aprendí las primeras letras con vecinas que me enseñaron el abecedario y las palabras más elementales. Cuando recorro a Valledupar, recuerdo muchas casas porque en ellas recibí lecciones. En “El Balcón” de la Plaza Mayor fui discípulo de mi prima hermana Delfina Pavageau, después señora de Maestre; en la Calle Grande me ayudó otro trecho la señora Pacha Maestre, quien durante años fue la única panadera y la mejor costurera de la población.

Frecuenté la escuela que uno de los Robles de Riohacha abrió en la Calle Grande. En la casa de balcón de las Ustáriz estuve en un establecimiento mixto dirigido por doña Pola Ariza, maestra graduada, natural de San Juan del Cesar, quien publicó un libro muy elogiado sobre Jesucristo. Y en la calle de la Nevada (hoy carrera 7.ª) estudié con el señor Manuel Gregorio Núñez, quien fundó posteriormente el Gimnasio de Santa Marta en la capital del departamento del Magdalena.

En verdad, cursé la primaria en la escuela pública que quedaba en la Plaza Mayor, en el sitio que ya mencioné. El maestro Miguel Vence se había formado en la Escuela Normal de Santa Marta y se caracterizaba por su rigidez. Era educador de palmeta y rejo y me enseñó a leer correctamente, el catecismo y las cuatro operaciones de la aritmética.

Ingresé a colegios privados para empezar la enseñanza secundaria. Primero a uno regentado por el bogotano Jorge Ruiz Boshell, en una de las casonas de la calle de Santo Domingo, y después a otro dirigido por Eduardo Riaño Cualla, bogotano también, el cual funcionó en la Plaza Mayor. Con Riaño estudié aritmética, castellano, geografía e historia de Colombia. Todo tan bien, que cuando pasé al colegio Biffi de Barranquilla, no tuve ningún tropiezo. ¡Cómo reconforta recordar a quienes nos sacaron del analfabetismo!

Lo más hermoso de Valledupar venía con la primavera después de las lluvias de abril. Entonces disfrutábamos de un verdadero paraíso. La Plaza Mayor se cubría de dorada alfombra. Eso sí, las florecillas ocultaban las espinas del punzante abrojo. Había olvidado que ella estaba cruzada por un sendero diagonal profundo, que iba desde “El Balcón” hasta la esquina de la casa de Teófila de Mejía, el cual se convertía en acequia durante el invierno.

En los patios de las casas y en los montes vecinos sobresalían los cañaguates cargados de flores amarillas, los cerezos con su florescencia blancuzca y sus frutillos rojos de sabor algo ácido, y los matarratones que desplegaban ramas para sostener agradable floración morada.

Toda la gama de los colores se desplegaba ante nuestros ojos. El blanco de lirios, jazmines y heliotropos lucía a veces brillante y nos envolvía en grato perfume. ¿Cómo olvidar la “varita de San José”, el jazmín de tallo fino y largo? La “cometa de ángel” sobresalía por el tamaño. El rojo vivo del resucitado iniciaba la sinfonía de ese color, seguido por el rosado pálido de las azucenas, el morado del tulipán, especie de lirio gigante, el salmón de la reseda y el lila de las campanitas.

Los viajes de estudio

Como señalé anteriormente, yo había cursado el primer año de bachillerato en mi vieja e inolvidable ciudad de los Santos Reyes. Dado el vaivén de colegios privados que se abrían y cerraban, quienes deseábamos seguir adelante debíamos continuar estudios en otros sitios. No pocos se iban al Colegio Pinillos de Mompós, otros al Liceo Celedón de Santa Marta y algunos al Colegio Biffi que los Hermanos Cristianos dirigían en Barranquilla.

Allí seguí el segundo y tercer curso, por lo cual hube de hacer cuatro veces el recorrido entre mi pueblo natal y la capital del Atlántico. Cabe anotar que en el recorrido desde Valledupar a Fundación nos daban hospitalidad en las haciendas ganaderas del trayecto y que era menester llevar alimentos consigo. La parte más dura del viaje era el paso de “El Alto de las Minas”.

Eran ocho a diez días de viaje. Cinco a lomo de caballo hasta Fundación o Aracataca, a la cual yo prefería por las atenciones que me brindaban en la casa del coronel Nicolás Márquez, personaje de El coronel no tiene quien le escriba, compañero de mi padre en la guerra civil de 1900.

Venía después un día en tren hasta Ciénaga, donde había que esperar dos o tres días “El Iris” o “La Aurora”, pequeños barcos que en una noche nos conducían a través de la Ciénaga Grande hasta Barranquilla.

El fatigante recorrido era agradable porque se viajaba en buena parte a través de bosques, en los cuales había para admirar caracolíes, ceibas, carretos, brasiles, guayacanes, cedros, puyes, cañaguates y muchos más. Los cañaguates se cubrían en verano de hermosas flores amarillas. El gozo más grande nos lo brindaban, en particular, los manglares de la Ciénaga Grande, de los que hoy sólo restan secos muñones.

Barranquilla era entonces la “Arenosa”, como se llamaba. Sus calles carecían de pavimento y en invierno se convertían en torrenteras que arrastraban cascajo y arena hacia los caños que conducen al río Magdalena. Entre los arroyos sobresalía el de “La Felicidad”.

El Biffi estaba entonces en la calle El Paraíso, penúltima de la periferia occidental de la ciudad, entre las carreras Progreso y Veinte de Julio. A ellas se llegaba en el tranvía de mula que recorría Progreso.

El edificio del colegio fue uno de los primeros construidos en concreto en Colombia. Yo lo vi terminar. Los expertos obreros eran traídos de Jamaica e introdujeron la marihuana entre los que se dedicaban al mismo oficio. La droga se propagó después en la ciudad.

Como decía, cursé esos años de secundaria con los Hermanos Cristianos, a quienes les tocó soportar las travesuras de mi adolescencia, causa de constantes castigos. Los sábados o domingos solían llevarnos de paseo a Puerto Colombia en tren.

También conservo recuerdos inolvidables de mi primer viaje a la capital, adonde vine a terminar el bachillerato en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario y a seguir Medicina en la Universidad Nacional.

El viaje a Bogotá demoraba un mes a partir de Valledupar. Cinco días a caballo hasta El Banco, también a través de selvas florecidas. Espera del barco de leña, embarque y veinte días de navegación hasta La Dorada, deteniéndose cada seis horas en los “leñateos” para recoger el primitivo combustible.

Era una hermosura de río con sus abundantes aguas claras, orillas selváticas e islas hermosas donde lucían garzas y otras aves espléndidas. Los caimanes nadaban en busca de presa o dormían recostados en las playas con la piel brillante al sol.

En La Dorada se tomaba un tren de carbón que en el primer día nos traía a Honda, donde se pasaba la noche, y el segundo hasta Ambalema, donde se tomaba un barquichuelo del Alto Magdalena que al atardecer llegaba a Girardot.

A la mañana siguiente se tomaba el tren para Bogotá, con transbordo en Facatativá, hasta donde la vía era ancha desde la capital.

Los árboles, y en general las plantas de la Sabana, cambiaban en un todo el paisaje recorrido. Era otra Colombia, también con rica vegetación y hermosísima fauna y flora.

Temas tratados
  • Cesar
  • colombia
  • valledupar

TE PUEDE INTERESAR