Andrés Eliécer ‘El Turco’ Gil es de esos personajes que uno nombra en Valledupar y no hace falta explicar nada: “aquí todos saben quién soy”, dice entre risas, pero detrás del apodo hay una vida entera poniendo el acordeón al servicio de los pelaos, de las reinas y de la cultura.
“Mi nombre es Andrés Gil Torres. Me dicen El Turco Gil”, se presenta con la naturalidad del que lleva décadas escuchando su nombre artístico en parrandas, academias y tarimas. Nació en Villanueva, La Guajira, en 1948, “gordito, colorado”, y cuenta que el apodo se lo regaló su propio abuelo: “cuando me vio, exclamó: ‘Caramba, este parece un turco’. Al otro día la gente llegaba preguntando: ‘¿Cómo amaneció el turco?’. Y así se quedó”.
A esa escena él la llama “magia macondiana”: en esta tierra, dice, “la gente de algo se pega” y esa frase basta para que un apodo te acompañe toda la vida, como si lo hubiera firmado García Márquez en una página de Cien años de soledad. Aunque lo conozcan como turco, lo suyo no tiene que ver con pasaporte ni con sangre extranjera, sino con ese realismo mágico del Caribe donde un comentario lanzado en un patio se vuelve destino.
El niño que leía partituras antes de conocer el acordeón
Antes de forjar reyes vallenatos, fue un niño rodeado de orquestas. “Cuando tuve uso de razón, ya mi papá tenía una orquesta y de parte de mi mamá un tío tenía la mejor orquesta de toda esta región”, recuerda, cuando todo aquello aún era Magdalena Grande y no existían los departamentos del Cesar ni La Guajira.
“El Turco Gil ya a los siete años te tocaba trompeta y leía partitura”, dice con la seguridad de quien todavía se sabe los signos. Luego estudió clarinete, saxofón y otros vientos durante cinco años: esa formación académica sería, más adelante, la base para darle “un mejor tratado de armonía” al vallenato tradicional.
Retrato de Andrés Eliécer ‘El Turco’ Gil, ícono del vallenato y fundador de una de las academias más importantes del país, reconocido como formador de reyes y reinas del Festival. Foto: Said Armenta.
Paradójicamente, viviendo puerta por medio con leyendas del acordeón como Emiliano Zuleta, Israel Romero o los Zuleta Díaz, el acordeón no lo deslumbró de entrada. “Pese a ser vecino de muchos colonos (…) no se me había dado por el acordeón”, admite. Su primer encuentro serio con el instrumento fue con un acordeoncito de una sola hilera que Emiliano dejó olvidado tras una parranda en el patio de la casa, bajo un palo de almendro donde la mamá de Andrés vendía cervecita y whisky.
“Como ya yo escribía música, empecé a escribir los sonidos que daba ese acordeón”, cuenta. Muy pronto descubrió que aquel aparato se le quedaba corto: “Me pude dar cuenta de que ese instrumento era limitado, muy limitado. Únicamente tenía siete sonidos, y los sonidos en la música son doce; con esos doce sonidos se hace toda la música del mundo”, explica, comparándolo con una máquina de escribir a la que le faltara “el 40 % de las letras”.
El “rey del disonante” que se adelantó 30 años
El flechazo llegó cuando, hacia 1965 o 1966, apareció en la región un acordeón “más templado, con todos los sonidos”. “Ahí sí me puse a estudiar ese acordeón”, recuerda. Al año ya estaba grabando su primer disco, y las reacciones no se hicieron esperar. Alfredo Gutiérrez, al oírlo, soltó una frase que se volvió mito: “El Turco se adelantó 30 o 40 años a la música vallenata”.
Otro músico de Los Corraleros del Majagual, César Castro, comentó que lo que hacía era “una coronera de otro mundo”, mientras algunos oyentes más conservadores le decían que “echara más de estos con carajo”, sin entender bien esas armonías nuevas. Maestros de orquesta como Paco y Luis Roldán, en cambio, lo exaltaban: “Ese muchacho sí conoce música”, decían al escucharlo.
Esa búsqueda lo llevó a ser bautizado como el “rey del disonante”: un acordeonero que jugaba con acordes y tensiones poco habituales en el vallenato clásico, abriendo un camino sonoro que luego seguirían muchos de sus alumnos. Él mismo lo resume así: “Empecé a darle un mejor tratado de armonía a nuestra música, que se venía trabajando muy pobre (…) y fue algo muy avanzado”.
El día que el patio se volvió universidad del vallenato
El salto de músico inquieto a maestro fue casi accidental. “Muchos músicos que vieron la visión venían al Turco Gil, me buscaban que cómo hacía yo para hacer eso”, recuerda. Empezó explicando en el patio de su casa, con “un poquito de luz”, hasta que un día llegó un padre con una petición concreta: “Mire, yo quiero que enseñe a mi hijo a tocar, porque la gente dice que usted sí conoce el acordeón”.
“Ahí arranca el Turco Gil”, resume. Lo que empezó con un muchacho curioso se convirtió, en 1979, en la primera Academia Vallenata formal dedicada a este folclor. “Fue un acordeonero notable, con más de veinte producciones en su juventud, y luego creó la primera Academia Vallenata de este folclor, con la que lleva cuarenta años”, reseña un perfil de EL PILÓN.
Desde entonces, aquel patio se transformó en una universidad popular de la música: “Turco Gil sigue siendo el hacedor de reyes, porque modestia aparte, las últimas generaciones de reyes vallenatos, me atrevo a afirmar que el 90 % de los últimos reyes de las últimas generaciones los ha formado el Turco Gil”, dicho por él mismo. En sus primeros años llegó a atender hasta 1.100 alumnos; hoy trabaja con menos porque la edad y los achaques no llegan solos, pero mantiene intacta la idea de que el acordeón es un proyecto de vida.
El formador de reyes y reinas
Cuando se habla de reyes vallenatos, el rastro termina una y otra vez en su academia. “La institución puede mostrar que formó a célebres acordeoneros como Sergio Luis Rodríguez, que ha ganado tres Grammy Latinos, rey infantil y rey vallenato; Cocha Molina, rey de reyes; (…) Cristian Camilo Peña, rey vallenato”, recoge un artículo sobre su carrera.
El maestro lo resume en voz alta: “Casi toda la última generación de esos reyes los ha formado el Turco Gil”. Entre los nombres que él mismo menciona están: Sergio Luis Rodríguez, rey infantil, rey profesional y ganador de varios Grammy Latinos. Cristian Camilo Peña, rey profesional que grabó con Jorge Oñate. Manuel Julián Martínez, acordeonero de artistas como Felipe Peláez y Peter Manjarrés. Gonzalo “El Cocha” Molina, rey de reyes. Fernando Rangel, Gustavo García, Lucas Dangond, Luis José Villa, Jaime Dangond, Juan Mario de la Espriella, Daniel Maestre, Juanca Ricardo, entre muchos otros.
La cantera no es solo masculina. “Todas las reinas tituladas han pasado por mis manos”, afirma con orgullo, recordando nombres como Wendy Corzo, Sara Vega, Natalie Patiño y la primera niña que rompió una racha de 40 años sin título femenino en el Festival, de apellido Arrieta. Sobre sus alumnas suele repetir una frase que rompe estereotipos: “Hay mujeres que tocan mejor que muchos machos, sinceramente”, dice entre risas.
A propósito de las categorías separadas para hombres y mujeres, el maestro no esconde su desacuerdo: “No sé por qué separaron las categorías. Hay mujeres que lo repito, tocan acordeón mejor que muchos maestros”. Y añade algo que ve todos los días en su academia: “De pronto son más estudiosas, dedicadas. Algunas cogen la pulsación, la fuerza, y en digitación son maravillosas”.
Semillero sin fronteras: de La Guajira a Londres
En la vitrina de su academia, entre fotos con reyes vallenatos y niñas acordeoneras por el mundo, el Turco guarda uno de sus tesoros más curiosos: un libro autografiado por el expresidente de Estados Unidos Bill Clinton, quien lo conoció a través de Los Niños del Vallenato. Allí, el mandatario dejó unas líneas en las que destaca la fuerza de esta música y el papel del maestro como embajador del folclor colombiano ante el mundo, un gesto que el propio Turco suele mostrar con orgullo discreto cuando habla de lo macondiana que ha sido su vida.
Ejemplar del libro de Bill Clinton firmado y dedicado al maestro ‘Turco’ Gil, recuerdo de los encuentros del expresidente estadounidense con Los Niños del Vallenato y testimonio del impacto internacional de su trabajo. Foto: Said Armenta.
El Turco podría haberse quedado solo con los talentos locales, pero su academia se volvió un imán para estudiantes de todas partes. “Aquí me llegan de todas partes del país: Arauca, Pasto, Bogotá, Sucre, Córdoba, Bolívar, Magdalena, Atlántico”, cuenta. Y no se queda ahí: también han pasado por su salón jóvenes de Venezuela, Panamá, Estados Unidos, Alemania, Austria, Francia, México y Reino Unido.
Algunos alumnos extranjeros han estado meses en Valledupar aprendiendo, como un acordeonero mexicano que, tras ocho meses en la academia, ganó el festival de Monterrey y le dedicó el premio a su maestro guajiro. ¿Qué los lleva a cruzar océanos para estudiar un instrumento que, en teoría, nació en Europa? “Se enamoran de la música vallenata”, responde él. “Esta música tiene su magia”.
Esa “magia” también seduce a adultos que llegan con una espinita clavada. “Aquí me llegó una vez un señor de 76 años de Pasto. Me dijo: ‘La frustración mía ha sido no tocar corrido’. Duró tres meses y se fue tocando”, recuerda, como prueba de que nunca es tarde para empezar.
Acordeones, discapacidad y segundas oportunidades
La academia no es solo un lugar de excelencia musical, también un espacio de inclusión. “Aquí no solamente llegan pelados, niñas, también adultos”, aclara. A lo largo de los años ha trabajado con niños ciegos, autistas y estudiantes con distintas condiciones. “He enseñado a muchos niños especiales, autistas; los tengo tocando”, explica.
Uno de los casos que más menciona es el de Juan David Atencia, “un cieguito” que le llevaron de seis años desde una finca. Su abuelo le contó que el niño escuchaba un disco en la radio, cortaba unos palitos y con unos potes viejos se ponía a tocar. “Lo valoré, le puse una caja”, recuerda. “Le dije al abuelo: ‘No voy a perder mi tiempo enseñándole a tocar tambor, lo voy a enseñar a tocar acordeón’”.
Hoy habla de él con admiración: “Míralo bien, con todo respeto: va a ser de lo más grande que va a tener este país en la música bien hecha. Toca acordeón bien, canta bien, compone y versa como nadie”. Juan David sigue estudiando bajo su guía.
Algo similar ocurrió con el indígena arhuaco José Ricardo Villafaña. “El Turco Gil tiene hasta rey de la India Arhuaca”, dice orgulloso. Villafaña suele repetir que, sin el maestro, estaría “sembrando malanga en la Sierra”, en vez de haber llegado a ser rey vallenato profesional.
La receta: práctica y cuatro aires bien hechos
Cuando se le pregunta por el secreto para aprender, su respuesta baja el mito a tierra: “El consejo que yo le doy es la dedicación, la práctica, práctica. Esto no tiene ningún secreto. El secreto de esto es la práctica”, insiste.
Asegura que, si la persona no tiene limitaciones físicas graves, en cinco minutos puede enseñarle casi una canción. “Cualquiera, yo en cinco minutos te puedo enseñar a tocar casi una canción”, repite retando al que lo entreviste. Pero para estar listo de verdad para concursar, hay un criterio claro: “Cuando ya tiene sus cuatro aires definidos: paseo, merengue, son y puya”, explica sobre el Festival de la Leyenda Vallenata.
Para él, la puya es el aire más complejo: “Yo diría que la puya. La puya está escrita en la cuadratura 6/8 y es el aire más rápido donde el acordeonero debe demostrar su destreza, lo mismo el cajero y el guacharaquero”, explica. Y recuerda que otros festivales añaden aires como la romanza en Villanueva o el porro y la cumbia en la sabana de Sucre y Córdoba, pero que la base siempre es dominar bien los cuatro pilares vallenatos.
Un juglar con alma de pacificador
Con los años, las crónicas han encontrado una idea que se repite al hablar de él: “un juglar con alma de pacificador”. En barrios marcados por la pobreza y la violencia, su academia ha sido inclusiva y diversa, un refugio para cientos de niños y jóvenes que encontraron en el acordeón una alternativa a la calle.
Él mismo lo ha dicho: el objetivo es que el acordeón sea una herramienta de movilidad social. “Más que reyes, hemos sacado muchachos de la miseria”, señala. De su Escuela y de Los Niños del Vallenato han salido giras por Europa, Estados Unidos y América Latina, donde los estudiantes se paran en teatros elegantes con la misma naturalidad con la que antes tocaban en la esquina del barrio.
En vísperas del 59 Festival de la Leyenda Vallenata, mientras la ciudad se prepara para otra maratón de parrandas, el Turco sigue en lo suyo: afinando acordeones, corrigiendo digitaciones, animando a una niña que viene desde San Diego “haciendo el sacrificio” para estudiar, o recibiendo a un señor del Tolima que se resiste a renunciar a su sueño.
Si uno se asoma a la puerta de su academia, es fácil entender por qué él mismo se define así: “Turco Gil sigue siendo el hacedor de reyes”, pero, sobre todo, el hombre que insiste en que el verdadero título se gana practicando todos los días, aunque en el papel nunca se haya querido llamar “rey”.







