Un 20 de febrero, en una mañana cualquiera de Carnaval, nació en La Guajira uno de los juglares más grandes del vallenato colombiano: Leandro Díaz. A casi un siglo de su natalicio, su figura sigue rodeada de admiración, pero también de un mito persistente: que, a pesar de haber sido ciego de nacimiento, Leandro podía ver.
Para aclarar esa versión y hablar del hombre detrás del artista, su hijo, el cantautor Ivo Díaz, comparte recuerdos íntimos y reflexiones que ayudan a entender quién fue realmente su padre.
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Para él no existían derrotas, solo oportunidades
Para Ivo, hablar de su padre es hablar de un hombre profundamente humano.
“Mi papá fue un gran hombre, lo recuerdo con mucho amor. Nos enseñó a respetar la vida, a los seres humanos y, sobre todo, a respetar a Dios. Fue un hombre de mucha fe, y yo creo que por eso llegó tan grande”, afirma.
Leandro Díaz fue luchador y tenaz. Nunca se dio por vencido ante las dificultades.
“Para él no existían las derrotas, eran oportunidades, vivencias. Él convirtió sus tristezas en fortalezas, y de ahí nacieron sus canciones”, recuerda su hijo.
Esa fortaleza se forjó desde muy temprano. Leandro enfrentó discriminación desde su nacimiento por su condición de ciego, en una época en la que muchos consideraban al invidente como una carga. Aun así, supo abrirse camino y transmitir a su familia valores como la educación, el respeto y la dignidad.
El mito de la vista y los sentidos que lo guiaron
Durante años se ha dicho que Leandro veía. Para su hijo, esa versión es producto de una mala interpretación.
“Mucha gente dice que mi papá veía porque alguna vez habló de un destello de luz, pero él nunca vio un árbol, una persona o un paisaje. Todo lo imaginaba, todo lo construía con los sentidos”, explica.
La naturaleza fue su gran maestra. El olor del café, de la tierra mojada, de las flores; el sonido del agua cayendo, de los truenos, del viento, eran para Leandro una fuente constante de información.
“Ese entorno le permitió ‘mirar’ la vida. Sabía reconocer personas por el sonido de sus pasos o por los perfumes. Esa era su manera de ver”, señala Ivo.
Leandro tenía una memoria prodigiosa. Almacenaba olores, sonidos, fechas y recuerdos. Le gustaba la lectura en voz alta y se rodeaba de personas amantes de la poesía y la literatura, de donde nutría su imaginación y su obra.
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Los ojos del alma
Esa forma de entender el mundo quedó reflejada en una de sus canciones más profundas, Dios no me deja, donde escribió:
“El la vista me negó para que yo no mirara, en recompensa me dio los ojos bellos del alma”.
“Esa canción resume la vida de mi papá”, dice Ivo.
“Leandro fue un hombre profundamente espiritual. No veía con los ojos, pero veía con el alma. Percibía cosas que muchos, aun viendo, no logran ver”.
Hoy, en un nuevo aniversario de su natalicio, Leandro Díaz sigue siendo recordado no solo por su legado musical, sino por su ejemplo de vida: el de un hombre que transformó la limitación en grandeza y enseñó que hay otras formas de mirar el mundo.







