Desde mi retiro de las plazas públicas en aquel 2019, cuando decidí despojarme de los ropajes de la Alianza Verde para recuperar la libertad de mi propia voz, he dedicado los días a observar el silencio.
He visto cómo el Cesar, mi tierra de azahares y olvidos, sigue atrapado en ese damero implacable que nos obliga a elegir un bando como quien elige una condena.
Pero la vida, que es más sabia que la doctrina, me ha enseñado que la verdad no es un monolito, sino un poliedro de luces necesarias.











