América Latina vive, desde hace algunos años, una paradoja difícil de entender: los votantes entregan la presidencia a mandatarios que plantean agendas claras —acuerdos de paz, reformas constitucionales, apuesta por la seguridad, adecuación institucional— y, pocos meses o años después, cuando se los consulta en plebiscitos o referendos sobre esas mismas agendas, una parte significativa del electorado las rechaza. Lo que antes los movió a votar ahora no les interesa; parece ser la lógica imprevista que se está imponiendo y Colombia no es la excepción. No se trata de anécdotas: son procesos que han terminado por modificar el rumbo de gobiernos enteros y exponer fragilidades profundas en la relación entre la representación y la democracia directa.
Los reveses presidenciales
Un puñado de ejemplos recientes ilustra la paradoja. En Colombia, el plebiscito para ratificar el acuerdo de paz firmado entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y las Farc en el 2016, terminó con una derrota estrecha de la opción “Sí”: 50,2 % votó “No” frente a 49,8% por el “Sí”, en un resultado que tomó por sorpresa a gran parte del mundo político nacional e internacional y dejó en tela de juicio a las encuestadoras. El proceso demostró que, aun cuando el presidente fue elegido para negociar un acuerdo, la sociedad colombiana, al final, no aprobó su fórmula de implementación.











