Que el Papa Francisco conmueve e inspira a millones –inclusive a no católicos y hasta a escépticos- es bien sabido. El Sumo Pontífice es, sin duda alguna, un genuino agente de paz y reconciliación. Su auténtico liderazgo es incuestionable. Por su desempeño se atribuye al Papado un auge de relevancia política y espiritual, calidades de las que esa institución venía careciendo en los últimos años.
Pero sin recaer en el fundamentalismo, más allá de la sotana y el báculo que le invisten de poderes de jefe de Estado y máximo jerarca de la Iglesia Católica, hay un hombre cuya labor humanitaria es de resaltar. El Papa se ha caracterizado por su discurso natural y desprovisto de frases ampulosas, que en cuatro años ha venido declamando en defensa de los que no tienen voz, de los marginados, de los refugiados y los inmigrantes; de los homosexuales (apoyo sin precedentes de parte de una figura católica de su importancia); de los pobres del mundo y de la juventud: en quienes despierta una palpable euforia, en cualquier latitud del mundo.
Francisco ha tenido la gallardía de cuestionar a la facción conservadora y ortodoxa de la Iglesia y también a las clases políticas dirigentes del mundo. Ha instado a la humanidad a vivir humildemente y a no dejarse conducir por la ostentación. El ejemplo, como lo ha expresado en innumerables alocuciones, es el mejor maestro, y él lo ha sabido edificar: en varias ocasiones se le ha visto compartir su mesa con los mendigos que deambulan por la ciudad de Roma.











