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Los usos del acordeón en el Bajo Magdalena

El acordeón, uno de los instrumentos más populares de la región Caribe. FOTO/CORTESÍA.

En Plato, uno de los lugares mayormente poblados en esta área geográfica, cuentan con voz de verdad una leyenda que rodea al acordeonista Eusebio Castro, a quien llamaban ‘El Hombre’, y de quien aseguran que tras aprender a interpretar el acordeón, el que su padre canjeó por comida con el capitán de un barco, sorprendió a los habitantes de ese lugar un 8 de diciembre, mientras la efigie de la virgen de la Candelaria era llevada por las calles.

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Los participantes de la procesión huyeron despavoridos cuando escucharon, por primera vez, el instrumento, lo asociaron con un sonido diabólico. Castro debió explicarle al sacerdote, que presidía la ceremonia, las razones que lo llevaron a interpretarlo en esa oportunidad.

De la llegada del acordeón a Colombia, según el investigador Joaquín Viloria, existen registros documentales que la sitúan a finales de la década de 1860 y principios del siguiente. Las importaron a través de las aduanas de Sabanilla, Riohacha y Cartagena, y, según este escritor, los ríos Magdalena, Ranchería, Sinú y Cesar fueron utilizados para llevarlo hasta los interiores del país. Fue entre 1869 y 1873 cuando entró al país un número aproximado de 330, cifra que resultaba numerosa debido a que se trataba de un instrumento nuevo.

En Plato reclaman que fue el primer sitio donde llegó este instrumento, basan este argumento en que fue el principal puerto de las embarcaciones que transportaban la pulpa del bálsamo hacia Barranquilla, y después rumbo al exterior. Sin embargo, músicos como Pacho Rada recordaban que a principios de siglo pasado el acordeón era vendido en todas las tiendas de la zona de Chibolo y otros lugares adyacentes, lo que luce exagerado debido a que no eran muchos sus intérpretes.

Queda pendiente para una futura investigación la importancia que tuvo la zona bananera en la aparición de acordeonistas y la presencia del instrumento en el Bajo Magdalena.

Lo que sí resultaba usual era que en las cantinas más importantes de cada localidad hubiera un acordeón a la orden de cualquier parroquiano que lo supiera interpretar, como lo recordaba el acordeonista Juan José Núñez: “Los cantineros acostumbraban a tené’ un acordeón en la cantina y cuando llegaba el acordeonero se saludaban y ‘pran’, un trago. Lo picaban, hombre, ‘tocate’ ahí un merengue, jalaban el acordeón y al poquito rato estaba eso lleno de gente”.

El merengue que como expresión musical está estructurado sobre una rítmica binaria afín a la cumbia y al paseo vallenato, es el primer hijo del acordeón en el Bajo Magdalena. Era este el que se bailaba en las ruedas que llamaban cumbión. Nació tras la llegada del instrumento, porque no existe, en esta zona, un solo registro documentario o información de otro carácter del que se pueda colegir que se bailara antes de que el acordeón comenzara a popularizarse.

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Lo que sí está documentado es la información de cuáles han sido los ritmos tradicionales del río Magdalena, a los que se referían acordeonistas como Abel Antonio Villa y Pacho Rada. Incluso, este último decía que lo que se escuchaba antes de llegar el acordeón era el mapalé, la cumbia y zambapalo.

El merengue, en el Bajo Magdalena, fue el génesis de la unión entre la caja, la guacharaca y el acordeón, que sirvió de estructura básica del conjunto vallenato. El acordeonista Abel Antonio recordaba a su padre, Antonio, sentado y tocando una guacharaca larga que apoyaba en el suelo y friccionaba con un hueso de costilla de res.

En el escenario donde interrumpió el acordeón fue el de las parrandas, las que hasta entonces fueron animadas por el canto a capela de los intervinientes, teniendo como base sonora los versos del Amor Amor o de los que improvisaban, quienes intervenían en ella. Fueron estas el génesis de los piques, llamados piquerias, debido a que era usual que los cantantes, para animar la fiesta, se trenzaban en controversias a través de versos. En este escenario era utilizado para interpretar la puya, que al carecer de letra servía de marco musical a quienes improvisaban o tenían un pique. También lo era para animar las actuaciones de los payasos en los circos, además, para acabar la parranda cuando lo ordenaba quien la había organizado.

Otra era con La Jaranita, grupos musicales conformados por instrumentos como el bombo, el redoblante, los platillos y las maracas, con los que interpretaban porros, corridos, vals, pasodobles, foxtrots boleros, corridos mejicanos. Era el mismo repertorio de las distintas bandas de viento existentes en el Bajo Magdalena. Manera de utilizar el acordeón que fue, después del merengue, la más importante, incluso, fuera del territorio que analizamos.

También fue empleado para interpretar sones, como fue la manera de llamar a los primeros sonidos del acordeón que no tuvieron la estructura melódica del merengue asociado con la cumbiamba. Son del que, según Pacho Rada, surgieron los cuatro aires en los que se ha limitado el vallenato, lo que asegura sucedió a partir de la forma variada de interpretar los bajos. En esta zona del río Magdalena, los que tuvieron mayor aceptación fueron el merengue y el son.

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Fue a partir de la década del 40 cuando en el Bajo Magdalena el acordeón comenzó a interpretar de manera casi que exclusiva la música que se llamó del Magdalena grande. Entonces inició el decaimiento y luego la desaparición del primer producto de este instrumento, el merengue.

En esto contribuyeron circunstancias como las grabaciones en acetatos que eran difundidos en un nuevo equipo de sonido, el picot, y la aparición de una camada de acordeonistas, que, aunque tocaron merengue, hicieron del vallenato la música popular más importante del Caribe colombiano.

Por Álvaro de Jesús Rojano Osorio.

Categories: Crónica
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