Víctor Raúl, un pequeño futbolista de ocho años de edad, se encuentra con su profesor “Luispa”, -como le llaman a Luis Eduardo Padilla Palmera- para que lo oriente antes de entrar a jugar un partido en la cancha del barrio La Nevada. Luispa se apoya en un caminador para estar en pie mientras observa a los 22 jugadores de la categoría Benjamín, recorrer el área empedrada bajo la luz del sol caliente.
A eso se dedica Luis Padilla desde hace 35 años; a entrenar semilleros del fútbol en algunos barrios de la ciudad. Pero ese placer y orgullo le fue arrebatado por un conductor borracho el pasado 15 de junio de 2013.
Ese día fue un sábado. Había dirigido a unos niños en la cancha del Doce de Octubre y al día siguiente otro de sus equipos jugaría una final en el barrio La Victoria y por eso se reunió con ellos en la tarde. “Reuní a los pelaos en la tarde, hice la charla con ellos y cuadramos en dónde íbamos a comer los pollos, el sancocho y salí para mi casa en La Nevada”, dijo.






