Por Martín Mendoza
El 31 de diciembre del año 2000, la vida de Cindy Mercedes Jiménez González, una pequeña de 12 años, cambió totalmente luego de que en medio de los festejos con su familia por llegada del año nuevo una ‘bala perdida’ se alojó en su cabeza.
Ese trágico día, se confundían los estallidos de juegos pirotécnicos y los disparos con armas de fuego al aire, con las risas y carcajadas de los familiares de la niña. La alegría generalizada, propia de la festividad, se convirtió en llanto al ver cómo en un abrir y cerrar de ojos, Cindy quedó tendida en el suelo y sumergida en un charco de sangre.
“Año nuevo, vida nueva más alegre los días serán, año nuevo vida nueva con salud y prosperidad…” es la estrofa de la canción interpretada por los Billos Caracas Boys, que como es tradición sonaba esa noche, que se vio aplacada por los gritos de desesperación de quienes veían agonizar a su ser querido.
“Caminaba hacía los brazos de mi abuela con un manojo de uvas que de un momento a otro se fueron al suelo. Yo también caí, y no sabía lo que me estaba sucediendo, me quedé sin fuerzas y pensé de inmediato, Dios no me quiero morir”, recordó Cindy.
En la humilde residencia del barrio El Progreso, al occidente de Valledupar, los familiares desesperados subieron la niña a un carro en búsqueda de un centro asistencial. El drama se agudizaba con el pasar de los minutos, pues con ella en brazos recorrieron varias clínicas de la ciudad y en ninguna la recibían, porque no tenían Unidad de Cuidados Intensivos, UCI, disponible para atenderla.
Finalmente, la internaron en el hospital ‘Rosario Pumarejo de López’ de Valledupar, donde luego de varias horas en el quirófano, los especialistas lograron controlar la hemorragia, y con un TAC confirmaron que una bala se había alojado en la cabeza de la menor.
“No estábamos seguros de lo que había sucedido con mi hija, pero confirmamos nuestro presentimiento cuando nos dieron a conocer el resultado de los exámenes”, expresó Jaime Jiménez, quien con su trabajo de artesano labora todos los días por un mejor futuro para su hija.
Los médicos no se atrevieron a extraer la bala, pues si lo hacían Cindy moriría.
Fue así como la vida de Cindy de apenas 12 años, esa noche dio un giro de 180 grados. Quedó postrada en una cama, casi no podía moverse y tuvo que cambiar los juegos de muñecas por visitas con especialistas que a pesar de los rigurosos estudios a los que ha sido sometida durante 10 años no han encontrado la forma de extraerle el proyectil alojado en el lóbulo de su parietal izquierdo.
En ese entonces cursaba cuarto grado de primaria, y aunque hoy tiene 22 años, no ha podido finalizar sus estudios, solo llegó a octavo de bachillerato.
“Los médicos fueron claros conmigo, debido a la lesión no podía esforzarme mucho mentalmente por lo que el colegio era un riesgo. Ni siquiera podía hablar bien, pero hoy puedo decir que cada día de mi vida es un milagro de Dios”, acotó.
Con intensas terapias poco a poco logró recuperarse, y lleva una vida como cualquier joven de su edad. Sin embargo, su vida está sujeta a la Carbamazepina, un costoso medicamento que dejará de consumir el día que la separen de ese ‘compañero silencioso’, que milagrosamente no le segó la vida; debe tomar las pastillas para evitar convulsiones y contrarrestar las fuertes migrañas que por temporadas la hacen recaer.
La anhelada operación
A pesar de los 10 años de tratamientos que lleva Cindy, los especialistas que la atienden guardan la esperanza de que la bala baje del cráneo al cuello y por medio de una delicada intervención quirúrgica puedan extraerle el proyectil, cuyos desplazamientos anualmente son monitoreados con exámenes de rayos X.
La bala no mató sus sueños
Cindy sueña con terminar el colegio y algún día llegar a ser una modelo famosa, pues cuenta con las aptitudes, tiene 1.80 de estatura y una esbelta figura con la que sueña pisar pasarelas internacionales.
Es la penúltima de cuatro hermanas, y reside en el barrio Los Fundadores de la capital del Cesar, donde con el apoyo de su familia espera algún día no muy lejano acabar con la incertidumbre que la ha acompañado por más de una década.
Nunca se supo quien disparó la bala, pero ella asegura que eso no la mortifica y que solo piensa en seguir luchando por cumplir sus sueños.






