Hay una contradicción dolorosa que Valledupar ya no puede seguir ignorando: en una tierra fértil, con vocación agrícola y miles de hectáreas aptas para cultivar, cada vez más familias están pasando hambre.
La realidad social empieza a reflejarlo con crudeza. Según datos citados en el Informe de Calidad de Vida 2025 -cifras de la encuesta Pulso Social del DANE de 2023-, el 46 % de los hogares de Valledupar reportó consumir dos o menos comidas diarias, monto muy por encima del 29 % que corresponde al promedio nacional. La diferencia revela que el hambre dejó de ser un fenómeno marginal y comenzó a convertirse en un problema estructural de ciudad y de todo el municipio.
Lo más preocupante es que esta situación avanza silenciosamente. No siempre se manifiesta en imágenes extremas de desnutrición aguda. Muchas veces aparece disfrazada de rutina: niños que cenan únicamente pan y gaseosa, adultos mayores que reducen sus comidas para alimentar a sus nietos, familias que sustituyen proteínas por carbohidratos baratos porque el ingreso no alcanza para más. Esto es el reflejo de lo que se conoce como “hambre oculta”. Pocos y pésimos nutrientes.










