En la década de los 50, largas filas se observaban por las noches en la carrera 7 con calle 15. Niños, jóvenes y adultos llegaban al lugar atraídos por los anuncios, retablos de madera que instalaban en lugares de alto flujo peatonal en la ciudad, donde escribían con letras grandes y coloridas el título y autores de las películas del momento. Ellos acudían al teatro más representativo de Valledupar, el Teatro Cesar, del cual hoy solo quedan vestigios.
Los que acudieron al lugar coinciden en afirmar este era el sitio predilecto de la clase alta de la capital del Cesar, puesto que estaba a una cuadra de la Plaza Alfonso López, sector donde vivía la gente pudiente, y que era el mejor lugar para apreciar filmes a blanco y negro, que en su gran mayoría eran mexicanas, de rancheras y héroes del país ‘manito’.
El Teatro Cesar estaba divido en dos secciones: palco y luneta. En la primero había techo, ventiladores que disipaban el calor y las sillas eran metálicas; en la segunda era al descubierto y contaba con bancas. Así lo recuerda Astrid Baute, la hija de los gestores de este hito histórico y cultural, Guillermo Baute y Carlota Uhía.











