Salí de clase con una sensación extraña. Intenté ponerle nombre a esa sensación y tuve que pensar una y otra vez en lo que había hecho o en lo que había dejado de hacer: ¿no fui lo suficientemente creativa? ¿Debí implementar otras estrategias? ¿Buscar lecturas más cercanas? ¿Más cortas? ¿Exigir menos? ¿Exigir más?… Frustrada. Así me sentí.
Cuando pienso en la lectura llegan a mi mente recuerdos fantásticos: la casa de mis tías con un jardín enorme y mi libro de mariposas, la alegría de leer las caricaturas en el periódico cada domingo, mi libro gigante de Los Picapiedra, mi adolescencia echada en el sofá o en la cama leyendo clásicos que mi mamá me había heredado a través de la narración oral, mi amigo con quien, en vista de tener solo uno, nos turnábamos para leer ‘Ángeles y demonios’, mi rechazo a Gabriel García Márquez, mi amor por la clase de Lenguaje con Armando Vivas, las noches enteras sumergida en historias de guerras y violencias, mi amor profundo por Gabriel García Márquez, mi exploración tardía pero satisfactoria de escritoras mujeres, y la imperiosa necesidad de contagiar a otros de lo que yo disfrutaba -y sigo disfrutando-.
¿Cómo es la configuración del mundo de alguien que no lee? Es una pregunta recurrente que me hago. En mi caso, sin ser exagerada ni sonar odiosa, la mayoría de las cosas que veo, escucho y siento me remiten a historias, personajes y tramas: esto se parece al libro tal, ese de allá tiene la pinta del personaje de, eso mismo que dices es lo que narra la autora en, esto que estoy viviendo me recuerda lo que sintió fulanita, el personaje del libro aquel. Las palabras entonces han sido remos que me han permitido navegar mares insondables que me han llevado a islas en las que me he cuestionado mi forma de amar, mi forma de pensar, mis maneras de ser, y recientemente, mis maneras de aprender y de enseñar.






