Desde que tengo uso de razón, supe que lo que se suponía que era mi «hogar» no lo era. Mi familia era todo un caos, un lugar con ruido, discusiones y distancia absoluta. No había amor, tampoco armonía, solo gritos y promesas vacías. Vivía en mi propio mundo, en las cuatro paredes de mi habitación, donde, en todo el caos, encontraba paz. Sin embargo, sentía que no era mi lugar en el mundo. Mi rutina no cambiaba: días grises y noches oscuras, donde la soledad se volvía agobiante y la brisa mañanera embriagaba.
Una noche como todas, la brisa movía mis mechones rubios y sonrojaba mi nariz. Una pequeña, pero muy notable, estrella brilló, y en medio de la oscuridad supe que merecía más que cuatro paredes, que merecía más que una vida llena de ruido.
Entonces, con una nueva mentalidad, me desperté al día siguiente, ordené mi cuarto, hice una pequeña maleta y salí de mi antiguo «hogar». Tomé el autobús.









