Frecuentemente, en las calles de Valledupar, en los gremios y en las charlas de café, me lanzan la misma pregunta: “Ricardo, ¿por quién vas a votar?, ¿por la derecha o por la izquierda?”. Entiendo la inquietud, pero considero que esa pregunta es una trampa retórica que reduce nuestro complejo futuro a una simple etiqueta ideológica.
Nuestra democracia actual corre un peligro inmenso al centrarse en elegir a un “ungido”, a una figura mesiánica que prioriza decir lo que el pueblo quiere escuchar sobre lo que el país realmente debe hacer para progresar. El país no requiere más trincheras ni más discursos incendiarios, requiere, con urgencia, un buen administrador.
Es agotador observar cómo el debate público se ha vaciado de propuestas para llenarse de descalificaciones. Se ataca a la contraparte sin argumentos sólidos, basándose únicamente en su orilla política, como si la solución a los problemas de infraestructura, agroindustria o seguridad tuviera un color exclusivo.










