Emprendo este ejercicio de escritura como si aún estuviera caminando las calles y los campos verdes y fértiles de un lugar que fue apabullado y golpeado fuertemente por el conflicto armado; la experiencia de haber estado una par de días en este poblado ubicado entre el piedemonte de la Sierra Nevada de Santa Marta y el valle del río Cesar, fue altamente enriquecedora por cuanto significó conocer cómo los lugareños reconfiguraron su vida y sus relaciones sociales luego de la devastadora arremetida de los grupos armados ilegales que allí se posesionaron.
Esta reconfiguración hace referencia a un proceso de reterritorialización de la vida cotidiana después de una masacre, de fuertes combates entre el frente 41 de las Farc y el 9 de Diciembre del Eln en medio de la población civil, de múltiples homicidios selectivos, reclutamiento forzado, violencia sexual, y un sinfín de lesiones personales, tortura y demás hechos que generaron el despojo (no solo territorial) sino también aquel que des-configura y desestructura los lazos sociales, afectivos y familiares, los diferentes usos e identidades con sus lugares, sus cuerpos, habitares, temporalidades y subjetividades.
Mientras se escuchan los relatos de las personas que vivieron ese capítulo de la violencia, la primera pregunta que sale a flor de piel es: ¿Cómo lograron volver a constituirse como pueblo, como sociedad campesina, como comunidad so pena de todas las afectaciones múltiples que les quedaron impregnadas en su memoria luego de la presencia del Bloque Norte y de la Guerrilla de las Farc y el Eln? En sus miradas se dejan relucir las esperanzas, las ilusiones, el amor, la fuerza vital de la existencia, en sus casas se siente la familia, brotan miradas de valentía y todos los días amanecen con un motor de perrenque, de lucha constante y proyectos andando.











