Érase una vez un poeta que deambulaba por las calles de una ciudad. Escribía poemas como si no hubiera un mañana, como si el mundo aún le sonriera. Sus palabras venían de los rincones más profundos de su alma, mientras observaba una humanidad llena de ambiciones ajenas a la paz y al amor. Todo era lo contrario a lo que él soñaba y, aunque era tan joven, poseía una percepción antigua sobre el amor.
El poeta escribía versos al viento, con la esperanza de que esto se esparciera como susurros en los oídos de los habitantes y, de manera silenciosa, intentaba lograr conmover sus corazones. Pero la gente no comprendía el mensaje: ignoraban al poeta como a aquello que no sirve para vivir. Para el poeta era muy triste, pero, aun así, continuaba escribiendo poemas como si fuese lo único que tuviera sentido en el mundo. Él sentía que, al menos, cumplía con su parte de construir una sociedad próspera, donde todos ayudáramos y fuésemos capaces de amarnos hasta en la distancia, incluso más allá de la muerte.
Para el poeta, escribir poesías significaba sanar sus heridas, esas mismas provocadas por el desapego moral y sentimental de la sociedad y por algunos ilusorios amores con los que se topaba en el camino. El poeta creía que su amor era un bolígrafo de tinta infinita, pero no existe tormenta que no cese.








