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FELVA 2026: literatura caribe entre muertos, silencios y mujeres ferósticas

Mary Daza, Mafe Piñeres y Luis Barros presentan obras que cruzan memoria del conflicto, poesía musical y cuentos sobre la violencia íntima en Valledupar.

Mary Daza, Mafe Piñeres y Luis Barros Pavajeau conversan en FELVA 2026 sobre cómo la literatura caribeña transforma la violencia, la memoria y las emociones en historias. Foto: Said Armenta.

Mary Daza, Mafe Piñeres y Luis Barros Pavajeau conversan en FELVA 2026 sobre cómo la literatura caribeña transforma la violencia, la memoria y las emociones en historias. Foto: Said Armenta.

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“Los muertos no se cuentan así”. Con esa frase, que es título y declaración ética, la narradora vallenata Mary Daza recordó por qué su ópera prima sigue siendo una referencia obligada para comprender el conflicto armado colombiano tres décadas después de su aparición. A su lado, la poeta cartagenera Mafe Piñeres defendió la poesía como “lenguaje para inmortalizar sentimientos” y el cuentista vallenato Luis Barros Pavajeau llevó la violencia al ámbito íntimo, cotidiano, femenino, en su libro de relatos Feróstica. Juntos dibujaron un Caribe que cuenta, canta y se ríe, pero no evade sus heridas.

La poesía que documenta sentimientos: Mafe Piñeres y Silencios de la huésped

“Uso la poesía como el lenguaje para inmortalizar los sentimientos… es mi forma de evitar la violencia, de evitar un delito: convertir la agresividad en arte”. Mafe Piñeres se definió antes que nada como una “contadora de historias”. Silencios de la huésped, su primer poemario en solitario, nace de casi dos años de “incomodidades” convertidas en objeto tangible: un libro ilustrado, mediado por la música, que organiza en clave poética aquello que durante mucho tiempo permaneció callado.

La autora explicó que todos sus procesos creativos están atravesados por canciones: escribe con música de fondo y muchos de sus versos son respuestas a letras ajenas, “contradicciones” o “devoluciones” a lo que escucha. En el poemario, cada tres poemas propios aparece un fragmento de otros autores y músicos: Carlos Vives, Fito Páez, Cerati, Andrés Cepeda, Shakira, entre otros. Así, el libro se vuelve una conversación entre voces y géneros. 

“Al final todos estamos conectados en los sentimientos que nos atraviesan. Alguien lo dijo antes que yo y tal vez mejor; yo busqué el verso que encajara con lo que quería decir”. Piñeres apuesta por seducir a distintos públicos: si el lector no se enamora de la poesía, tal vez lo haga de las canciones que forman parte de la obra; si no lo logra la música, quedarán las imágenes. Su objetivo es claro: “traer más adeptos y más amantes a la poesía”.

El título —Silencios de la huésped— surgió de un golpe de intuición. La palabra “huésped”, recuerda, no tiene género ni tiempo definido: alude al tránsito, a estar en un lugar “con criterio de salida”. Así se ha sentido ella en distintos momentos de su vida. Los silencios del libro son etapas previas al grito o a la decisión, espacios de escucha y procesamiento que se organizan en cuatro secciones: suspiros, silencios, “sincericidios” y secuelas. En ellos, la rabia se vuelve recurso creativo:

“A mí la gente que me hace coger rabia se puede encontrar fácilmente en un libro mío. Es mi forma de transitar la agresividad sin que haya violencia”. Uno de sus poemas favoritos, inspirado en la canción “Chao Lola” de Juan Fernando Velasco, condensa esa apuesta por transformar la musa —y la herida— en testimonio: “Eres verso de carne y hueso, testamento de lo que quizás sentí”.

La novela que no se deja archivar: Mary Daza y la séptima edición de Los muertos no se cuentan así

“El dolor de una tumba perdida… el dolor de unos cuerpos que vienen dando tumbos por los ríos de nuestra patria. Eso hay que escribirlo. Hay mucho por escribir en Colombia”. Mary Daza, narradora vallenata y una de las pocas mujeres que en los años noventa se atrevió a narrar el conflicto armado desde la novela, presentó la séptima edición de Los muertos no se cuentan así, un libro que —como recordó— “no ha dejado de imprimirse” porque sigue siendo requerido en colegios, bibliotecas y programas de Ciencias Sociales. 

La obra nació de su trabajo como cronista en Urabá, en tiempos del exterminio de la Unión Patriótica, cuando la región era “un polvorín” y el periódico para el que trabajaba no quiso correr el riesgo de publicar sus notas. Daza viajó por cuenta propia, recogió testimonios y, ante la negativa de sus editores, convirtió sus cuartillas periodísticas en novela: “Me puse a escribir en una vieja máquina. Mi hija me dijo: ‘Eso que está escribiendo es una novela’. Y sí, resultó ser una novela sobre hechos reales”.

Para participar en un concurso de novela, la autora envió el manuscrito bajo seudónimo masculino, “Victorio Paz”, asumiendo que los hombres tenían más posibilidades de ser premiados. Hoy, Daza reivindica ese gesto como un hito: recuerda que fue la primera mujer en Colombia en escribir una novela sobre el conflicto armado, en un panorama dominado por voces masculinas.

Su relación con los personajes es profunda: dice haber “fundado una familia” literaria con ellos, donde hay víctimas y victimarios “porque les tocó vivir en un momento infortunado”. Para mitigar la dureza de la guerra, recurre a una prosa deliberadamente poética: “Me apabulla la realidad. Entonces, ¿qué hago? Tomo la belleza, la mezclo con ese regusto amargo de los muertos, los secuestrados, para que se sienta menos doloroso”.

En su intervención, Daza insistió en que no solo escribe sobre violencia: tiene cerca de veinte novelas, muchas de ellas centradas en historias de amor, infancia y ternura. Sin embargo, reconoce que la denuncia de la violencia es un “asunto” que la realidad le impone una y otra vez. Por eso, sostiene, Los muertos no se cuentan así sigue vigente: porque en Colombia los muertos continúan convertidos en cifras y la literatura ofrece una forma distinta de nombrarlos, de hacerles justicia y de resistir al olvido.

Ferocidad íntima y humor caribe: Luis Barros Pavajeau y Feróstica

“A diferencia de Mary, que tiene la violencia del país, esta es una violencia interior, de casa, en familia. Y a veces eso es peor”. El cuentista y cronista Luis Barros Pavajeau presentó Feróstica, un libro de trece cuentos escritos a lo largo de seis o siete años, ambientados en la Valledupar contemporánea. Barros se concentra en las tensiones íntimas: parejas, familias, mujeres que viven bajo presiones silenciosas. 

El término “feróstica” viene de su infancia y define, para él, el grado máximo de fealdad, pero también una cierta ferocidad. En el cuento que da nombre al libro, dos mujeres sin vida propia observan obsesivamente a otra, Manuela, a quien consideran “feróstica”. Desde la burla diaria y el chisme, terminan proyectando en ella todo lo que les falta: “Manuela para los otros parece invisible, pero para ellas se vuelve arrobo. A través de esa tercera persona empiezan a tener una vida que no se atreven a vivir por sí mismas”. 

Los relatos de Feróstica exploran esa violencia sutil que ejerce la sociedad sobre los cuerpos y las vidas femeninas: la exigencia de ser atractivas, las críticas al que sale del canon, las dobles morales en torno al deseo y la libertad. Barros subraya que muchas de sus protagonistas son mujeres, no por cálculo programático, sino porque en una sociedad patriarcal “la mujer está prácticamente silenciada” y sus pequeñas rebeliones resultan narrativamente potentes.

Con humor, ironía y referencias, el autor construye una Valledupar reconocible: calles, esquinas, edificios, pizzerías, oficinas públicas. Reivindica así la posibilidad de que la ciudad deje de ser solo escenario de canciones vallenatas y se convierta también en materia de narrativa escrita: “Alguien que lea estos cuentos puede caminar esos sitios en la vida real. Ya no solo se canta Valledupar: también se cuenta”.

El Caribe que se cuenta a sí mismo

El conversatorio dejó claro que, más allá de estilos y géneros, estas tres obras comparten una preocupación central: cómo narrar la experiencia humana desde el Caribe, sin edulcorarla, pero tampoco renunciando al humor y la belleza. En un país donde la violencia sigue siendo noticia y las estadísticas crecen, estas voces reafirman la literatura como espacio para mirar de frente lo que duele, pero también para inventar nuevas formas de contarlo.

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