En el corregimiento de Llerasca, donde las casas humildes se llenan desde temprano con el olor del café y de las frutas tropicales, vive Mariana, una niña alegre que quiere mucho a su pueblo. Cada mañana mira los hombres salir hacia el campo y a las mujeres comenzar sus labores, mientras el canto de los pájaros acompaña el despertar del pueblo.
En el centro está el pequeño parque, rodeado de árboles, y muy cerca se levanta la iglesia, lugar donde las familias se reúnen para compartir sus creencias y conservar antiguas costumbres.
Los sábados, Mariana acompaña a su abuelo Julián a la parcela. Él cuida con dedicación algunas vacas y cultiva maíz, yuca y diferentes frutas. Pero un día descubrieron algo preocupante: el viejo árbol de mango, que durante muchos años había deleitado a varias familias, estaba enfermo y casi no tenía frutos.








