Por: Javier Andrés Martínez Daza
Estoy seguro que no solamente hablo por mí, sino por cientos de familias en Valledupar desesperadas porque la factura llega sin falta, pero la energía es intermitente y los cortes dañan los alimentos porque no hay cómo refrigerarlos o son los propios electrodomésticos que se dañan con tanto corte y reconexión. Sin embargo, los apagones no son solo responsabilidad del operador de turno, son también el síntoma de una ciudad que le ha dado la espalda a dos recursos que tiene de sobra: el sol que nos cae encima trescientos días al año y la basura que producimos todos los días y que botamos o enterramos sin pensarlo dos veces.
Sin maquillaje
Valledupar depende, en gran medida, de la energía que le llega desde afuera a través de una red que no aguanta el calor ni el crecimiento de la ciudad. Afinia lo reconoció durante años: los cortes se debían a sobrecargas en una infraestructura que se quedó pequeña, y la solución —la nueva subestación Nueva Guatapurí— apenas normaliza la mitad de los circuitos cuando entra en operación. Esa infraestructura no cambió con el cambio de operador: ahora es Energía Atenea quien heredará el mismo problema. Mientras tanto, seguimos pagando las tarifas más altas del Caribe.










