GENERAL

El feudo de las 4X4: Prado, Lexus y fortificaciones de vanidad

El artículo del autor, Arcesio Romero Pérez, muestra una visión sociológica y controversial de la Guajira de hoy, y de muchos territorios afines de la Costa Caribe colombiana y de Venezuela.

Añadir como fuente preferida en Google
El feudo de las 4X4: Prado, Lexus y fortificaciones de vanidad

El feudo de las 4X4: Prado, Lexus y fortificaciones de vanidad

canal de WhatsApp

En un rincón de La Guajira de cuyo nombre quiero acordarme, hay un pueblo que podría ser cualquier lugar, pero es nuestro pequeño universo de contradicciones y delirios. Aquí, el sueño no es la casa propia, sino la Toyota 4×4 de alta gama, ese símbolo de poder que ruge como un león en las calles de arena. Son los trofeos de quienes ostentan un poder que no siempre soporta la mirada de una lupa contable. El habitante promedio no se conforma con un carrito económico; necesita un vehículo que parezca diseñado para conquistar desiertos, aunque su rutina no pase de ir al supermercado y al colegio de los niños.

En este peculiar escenario, las camionetas rugen por calles que apenas soportan su peso, como si fueran gladiadores desfilando por un coliseo que no está preparado para ellos. La periferia del pueblo, mientras tanto, se desarrolla como una especie de zona de exclusión: patios épicos que parecen diseñados para aislar a sus habitantes del resto del mundo. Alrededor de cada casa se levanta una muralla que protege no solo a los autos, sino también al ego de sus dueños. Cámaras de seguridad, portones eléctricos y alambres de púas refuerzan este modelo de urbanismo insociable, donde cada familia vive en su propia isla, indiferente al mar de problemas comunes que los rodea. El resultado es un escenario digno de un cuento medieval: castillos rodeados de fosos y vigilancia, para defender lo que no se sabe si es un hogar o un establo.

Dentro de estas fortificaciones, las fiestas son el reflejo de una ironía que nadie parece querer notar. Conjuntos vallenatos amenizan reuniones alrededor de piscinas más decorativas que útiles, mientras los anfitriones, cobijados bajo quioscos de palma, brindan con whisky importado y hablan de sus nuevos logros: otro contrato público adjudicado, otra camioneta comprada, otro patio cerrado. En esos festejos no falta el bufón, el animador del rato que deleita a los asistentes declamando los versos que hilvanó con los modelos, placas y dueños de los carros más lujosos del pueblo.

Sigue leyendo

Crea tu cuenta para leer el artículo completo

Desbloquea el resto de la historia e inicia sesión para seguir leyendo sin interrupciones.

TE PUEDE INTERESAR