Nunca había tenido la valentía de acercarse a la emisora de los militares, pero la ocasión lo ameritaba. Hacía tiempo que los guerrilleros no llegaban al pueblo en son de paz y para doña Marta Torrijos no había de otra que convocar a la comunidad: ir a la única emisora del pueblo, la temida emisora, la de los sapos y los traidores. Llegar, golpear en la puerta de lata con el signo de “Al Aire” en la ventana y pedir el favor.
¿De qué otro modo iba la gente a salir a la calle el seis de febrero para celebrar con banderas blancas la última marcha de las Farc por el municipio de Uribe, Meta? La idea no fue bien recibida en la pequeña casa de cemento junto al batallón militar donde opera Colombia Estéreo.
Durante los casi cuatro años que duró la difícil negociación entre el Gobierno y las Farc en La Habana, el soldado José Arley Mosquera pocas veces había hablado al aire sobre las controversias de la mesa de conversaciones. Mosquera, un joven y sonriente locutor negro, hijo de un trabajador desplazado de las bananeras del Urabá, tampoco solía informar sobre los hechos violentos ocurridos en la región, mucho menos sobre los enfrentamientos entre la guerrilla y el Ejército que a lo largo de 2016 habían tensado la recta final del proceso de paz. Las directrices siempre habían sido claras: en la emisora del Ejército no se habla de política.










