Era la vocación guerrera o la campesina. La mayoría de aquellos que se alzaron en armas contra el Estado desde hace décadas, específicamente la base, no sabían hacer nada contrario a la confrontación a sangre y fuego, al tiempo que cultivaban su propio alimento y confeccionaban su vestimenta para prevalecer en las espesas selvas de Colombia.
Así que, luego de la firma del Acuerdo Final y el inicio del sensible posconflicto, y mientras la guerra se traslada a las ciudades a través de redes sociales y los medios de comunicación, los que sí empuñaron las armas y los que sí sufrieron la guerra en carne propia están fundidos en una masa colectiva de personas, sacando adelante la siembra del maíz, ahuyama, plátano, así como un proyecto de confecciones que ha sido apoyado por el Servicio Nacional de Aprendizaje, SENA, y la Misión de Observación de la ONU, garante del proceso desde sus inicios.
Confeccionando prendas para el uso diario, uniformes para personal de la salud, arar la tierra, todo en el marco de la Cooperativa Multiactiva para la Paz de Colombia, Coompazcol, un asociación productiva que tiene en su haber varios proyectos, entre ellos uno de ecoturismo, así transcurren los días de aquellos que marcharon hacia la desmovilización por una carretera destapada de Conejo, corregimiento de Fonseca, para llegar al punto de encuentro en donde entregarían, y finalmente entregaron, las armas.










