Un Jueves Santo, Úrsula Iguarán murió en Macondo. El mismo día y como una mágica pincelada de su obra, también lo hizo el autor de su creación. Aracataca se veía indiferente ante la ausencia, en la lejanía, de su hijo más ilustre, y pocos habitantes del municipio caminaban en dirección a la casa que lo vio nacer y que fue convertida en museo.
Llegar hasta ese lugar, al que no conocía, resultó ser una tarea sencilla, de esas mismas que se resuelven preguntando persona a persona, donde queda tal o cuál lugar, dando fe del dicho popular que promulga “preguntando se llega a Roma”
El talante distraído e inhóspito del pueblo, daba fe de la indiferencia ante la noticia que en medios nacionales e internacionales empezaba a crear sorpresa por la inesperada y triste partida de Gabo. La Aracataca Macondiana inmortalizada en Cien Años de Soledad, empezaba a convertirse en el reflejo irreal que plasmó en letras su autor.











