Paloma* a sus 11 años, cursa sexto grado en un colegio del sur de Valledupar. Ella vive una infancia, aparentemente, como cualquier pequeña de su edad. Sin embargo, su cabello lacio y sonrisa angelical, ocultan una trágica historia que la ha atormentado durante los últimos cuatro años.
Apenas tenía siete años, cuando pasó vacaciones en casa de sus abuelos paternos, y desde entonces, no volvió a ser la misma; la alegría que la caracterizaba fue apabullada por el silencio y lágrimas que a cada rato se apoderan su rostro.
Ella todavía no entiende el sentimiento de culpa que empezó a atormentarla. Los juegos con sus hermanos y primos quedaron a un lado, desde que el esposo de su tía, un hombre de 33 años, la encerraba en una de las habitaciones de la casa para manosearla y acariciarle los genitales.











