“ El Palomo está loco” empezaron a decir en Urumita cuando lo vieron llegar tan contento aquel diciembre, llevando un disco que ponía a sonar en cuanta grabadora o equipo encontraba; fuera en casas o en carros, él se ideaba la forma de reproducirlo. “¡Escuchen a mi hijo!”, decía en voz alta, con el pecho a reventar de júbilo”. “¡Mi hijo va a ser como Carlos Vives!”, insistía, mientras tarareaba la canción que ya se había aprendido de tanto repetirla: “Aguas que son el maná, el nido que yo buscaba, la rosa del Perijá, la rosa de la Nevada”. Hoy suspira al evocar aquel tiempo: “Yo fui feliz cuando escuche a mi hijo”.
Para ese entonces, su hijo Silvestre Francisco Dangond Corrales alcanzaba los quince años y había grabado una canción en un proyecto musical con otros niños, bajo la dirección del reconocido productor y corista del vallenato Julio Morillo. Era un sueño realizado para el orgulloso papá, William José Dangond Baquero, bautizado por el periodista Rafael Xiques Montes como ‘El Palomo’, debido a la blancura de su indumentaria una noche en Barranquilla. Él se había dado a la tarea de inculcarle a su primogénito el arte que le ardía en las entrañas y que por devenires de la vida había tenido que relegar a un segundo plano: “Cuando había parranda me lo llevaba, de pelaito, y lo ponía a cantar; ¡Cante!, le decía; a él le daba como pena pero cantaba. El nació con eso”, narra.
Lea también: La música en las venas de Silvestre Dangond











