Ella es reina de un castillo, no porque se haya casado con rey alguno, como lo define la Real Academia de la Lengua, sino “por derecho propio”, dado por su ancestralidad y su destino, que comenzó a tener lugar aquel viernes 9 de abril (1999) cuando siendo la 1:30 rompió la tarde llorando el llanto de los que por primera vez se asoman a la luz del mundo, al que llegaba no solamente para alegrar a su parentela sino a resignificar, al menos en su entorno, la evocación emblemática de la tragedia (‘El Bogotazo’) que marcó esa fecha para el país y que ese día era noticia nacional porque se cumplían setenta años.
Ana María Cecilia Del Castillo Jiménez. Había expectativa por su nacimiento, debido a que la niña venía con promesa: “En el momento que mi hermana sale embarazada, Dios a Rosita (Rosa Jiménez) la da una palabra, dice: Lo que tú estás gestando es una bendición; y nosotros hasta el momento hemos visto la gloria de Dios en la vida de Ana María. Dios dijo que iba a ser una bendición y es una bendición”, dice Nubia Jiménez, su tía/amiga, quien fue la primera persona que la cargó al nacer. “La primera que la recibí fui yo, su tía. Nació linda, con los ojos entre verdes y grises y me los abrió; rubiecita; linda mi niña”.
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