En el Centro Recreacional La Pedregosa, la segunda ronda del Concurso del Conjunto Típico de Música Tradicional Vallenata, categoría Juvenil, se vivió en la mañana del 29 de abril como un mosaico de historias: aspirantes a Rey Juvenil con años de festivales encima, la guacharaquera que se ganó un nombre desde los ocho años, el niño que llegó desde los cañaverales con su hermana cantora, el acordeonero que viaja desde Cotorra, Córdoba, para poner a sonar su pueblo, y el joven con discapacidad visual que ha hecho del acordeón una forma de mirar el mundo.
“Este año lo estamos intentando otra vez”
Uno de los nombres que suena fuerte es el de Mario Luis Niño Mendoza, aspirante a la corona de Rey Juvenil 2026 quien se recuperó valientemente tras un daño en su instrumento en plena interpretación del son. “En el 2022 tuve la dicha de alcanzar un tercer puesto en la categoría infantil, que fue un logro muy importante para mí y este año lo estamos intentando aquí en Rey Juvenil y confiando en Dios y en las presentaciones que hemos hecho, esperando que se den los resultados”, resume.
Su trayectoria se ha construido a fuerza de tarimas: ha sido rey en Montelíbano (Córdoba) y San Cristóbal (Bolívar), finalista en el Festival Cuna de Acordeones y semifinalista infantil en este mismo certamen. Mario insiste en que su proceso no es individual: “Mi maestro es Juan José Granados, pero también debo agradecerle a mis dos maestros como Yosimar Rodríguez, Freddy Lara y Guillermo Lara”, dice, y añade a sus padres y a “todas las personas que me han apoyado para que este sueño se cumpla”, mientras el público lo ovacionó en la puya y al bajar de la tarima por asumir como un profesional el acordeón imperfecto.
Linda Tairini, la guacharaca que se hizo escuchar
A pocos metros, la guacharaca marca otro relato. Linda Tairini Acosta Izquierdo, indígena kankuama de 16 años, se presenta sin rodeos: “Mi nombre es Linda Tairini Acosta Izquierdo, tengo 16 años, soy guacharaquera”. Cuenta que empezó a tocar a los 8 años, de la mano del maestro Jaime Suárez, y que a los 9 ya estaba concursando: “Empecé a participar en el Festival Vallenato y gracias a eso he tenido muchos logros”.
Linda Tairini Acosta Izquierdo, indígena kankuama y guacharaquera juvenil, sorprende al público al interpretar la puya tocando la guacharaca con los dientes en La Pedregosa. Foto: EL PILÓN.
Su relación con el instrumento viene atravesada por la familia y la cultura: “Siempre tuve unos primos que tocaban instrumentos y siempre me llamó la atención… puedo decir que gracias a Dios, que siempre me ha inspirado a tocar la guacharaca”, dice, antes de recordar que la guacharaca tiene orígenes indígenas “en los tiempos de antes, la guacharaca era de otra forma”, algo que la llevó a identificarse con el instrumento “ir más por la guacharaca, la guacharaca, y esta historia a mí me encanta”.
En esta ronda llamó especialmente la atención del público cuando, en el aire de la puya, decidió tocar la guacharaca con los dientes, un recurso que conoció viendo a un artista en internet y que quiso probar en tarima porque, dice, produce “un sonido diferente” y le permite explorar otras formas de expresión con el instrumento. Cuenta que vio ese gesto en video y se propuso replicarlo en escena, integrándolo a su estilo sin perder el respeto por la tradición.
Hoy es una guacharaquera muy solicitada: “La mayoría me buscan muy antes, como en diciembre o algo así, porque para los festivales eso se pone muy lleno”, explica, aunque la reglamentación juvenil la obligue a tocar solo con un conjunto. Además, guarda un anhelo que repite con claridad: empezar a aprender a tocar acordeón, un sueño que no ha podido concretar aún, pero que espera cumplir sin dejar de lado la guacharaca, el instrumento que primero le abrió las puertas del Festival.
Desde Cotorra para Valledupar
Cotorra ha cargado con algunas de las páginas más duras del conflicto armado: entre 1995 y 2005 el Bloque Córdoba de las AUC impuso allí un régimen de terror con masacres, asesinatos selectivos y desplazamientos forzados que golpearon sobre todo a campesinos y pobladores rurales del bajo Sinú. En esos años se registraron en Córdoba 53 masacres con 389 víctimas, además de miles de hechos de violencia que dejaron una huella de miedo y duelo en municipios y veredas de las que Cotorra hace parte.
En ese contexto, cuando Maikel Rodiño Ochoa dice que representa a esa zona rural —entre Lorica y San Pelayo— en La Pedregosa y sueña con llevarse “la primera corona” de regreso a su pueblo, cada presentación suya se convierte en una forma de regalarle una alegría a una comunidad que ha tenido que aprender a sobreponerse a esa historia y que hoy lo sigue por redes, transmisiones en vivo y grupos de WhatsApp como una pequeña victoria colectiva.
Maikel Rodiño Ochoa, acordeonero de Cotorra, Córdoba, compite en la categoría juvenil con el sueño de llevar “la primera corona” a su pueblo del bajo Sinú. Foto: EL PILÓN.
Rodiño Ochoa llega desde Cotorra acompañado por una familia que viaja con camisetas, ánimo y expectativa. Lleva siete años presentándose en el Festival y este 2026 siente que puede ser “la vencida”: ya ha estado en finales, logró un segundo puesto en categoría infantil y ahora se la juega por su primera corona en juvenil, orgulloso de levantar el nombre de su pueblo y de la región de Montería y Lorica.
Cuenta que afronta esta ronda “supermotivado, muy concentrado, seguro”, convencido de que el trabajo con su conjunto viene madurándose desde hace un año y que el respaldo de amigos, familiares y conocidos —tanto en Cotorra como en Valledupar— es un impulso extra para subirse con confianza a La Pedregosa. Cuando se le pregunta qué le dejaron los años anteriores, lo resume en una palabra: disciplina. No es fácil, admite, pero insiste en que “se va a poder lograr” y mantiene intacto el propósito de llevarle a su pueblo esa primera corona juvenil.
“Cuando estoy triste me pongo a tocarlo”: Yoni y el acordeón como refugio
En la jornada aparece la voz de un joven acordeonero que ya conoce esta categoría. “El año pasado estuve participando en el juvenil… este año participo otra vez”, cuenta, confiado en sus avances. Dice que, su objetivo es “darla con toda en este importante festival a ver si, con la gracia y el favor de Dios, me puedo coronar rey vallenato este año”.
Yoni Rojas, acordeonero juvenil con discapacidad visual, participa en La Pedregosa y define el acordeón como su refugio para transformar la tristeza en alegría. Foto: EL PILÓN.
Habla del acordeón no solo como instrumento de competencia, sino como refugio emocional: “El acordeón me gusta porque de él salen notas bonitas, salen sentimientos, paz, armonía y mucha emoción. Cuando estoy triste me pongo a tocarlo y me pongo contento”, dice.
Aprendió a los 8 años, casi por accidente, cuando en una tienda le prestaron un acordeón y empezó a sacar melodías a su manera; desde entonces no ha dejado de practicar. Para él, el Festival es “muy bonito, muy hermoso” y aprovecha para invitar a que “vengan y que gocen este bello festival”. En Yoni, que compite como todos los demás pese a su discapacidad visual, el acordeón es también una forma de afirmarse y mostrar que la diferencia no es límite para sonar fuerte en La Pedregosa.
Los 25 nombres que siguen sonando
Mientras los 25 integrantes de los conjuntos juveniles que pasaron a segunda ronda esperan el llamado a semifinales, detrás de cada nombre hay viajes desde veredas y corregimientos, cañaverales, resguardos, barrios de ciudad y casas donde el acordeón y la guacharaca hacen parte del paisaje cotidiano. En La Pedregosa, todos esos mundos se encuentran en una sola tarima, donde la generación juvenil se gana a pulso el derecho de escribir su propio capítulo en la historia del vallenato.







