Cada amanecer, cuando el sol comienza a dorar los techos y los pájaros anuncian un nuevo día, Valledupar despierta junto al esfuerzo de miles de personas que, sin contrato ni seguridad laboral, salen a las calles a ganarse el sustento diario. Son los vendedores de tinto que recorren las avenidas, los emboladores que trabajan bajo la sombra de los árboles, las mujeres que ofrecen dulces en los semáforos o los que preparan cholados para mitigar el calor. Todos ellos son el reflejo de una lucha constante, silenciosa y muchas veces invisible.
Uno de ellos es Saúl Daza, un campesino que llegó hace más de veinte años desde Guamalito, Norte de Santander, desplazado por la violencia. Con voz pausada y mirada serena, relató que desde el año 2000 se dedica a vender café, tinto y chocolate por las calles de Valledupar.
Su jornada empieza a las cinco de la mañana y termina a las cinco de la tarde. En un buen día puede ganar cuarenta mil pesos; en uno malo, apenas treinta. De ese dinero, doce mil se van en arriendo, quince mil en comida y el resto en artículos de aseo. “No es mucho —cuenta—, pero me alcanza para vivir”. Sueña con volver al campo, “porque allá se vive más tranquilo”, pero mientras espera la indemnización que el Estado prometió hace años, sigue recorriendo las calles de la ciudad con su termo al hombro y su fe intacta.






