El sábado 21 de marzo Valledupar se unió al ejercicio propuesto por la alcaldesa de Bogotá Claudia López, quien en una prueba piloto decretó para la capital del país un confinamiento total desde ese sábado a las 00:00 horas hasta las 00:00 horas del lunes 23. La mayoría de las ciudades del país se preparaban para el confinamiento obligatorio que el presidente de la república, Iván Duque Márquez, decretaría desde el 25 de marzo para contener la pandemia de la covid-19.
Desde ese momento con 34 excepciones todo el mundo se quedó en casa y la historia reciente de Colombia se partió en dos. Una de esas excepciones amparaba a la mensajería, porque de hecho el mismo presidente había ordenado que quienes no querían correr riesgos para ir a los supermercados, deberían ordenar sus compras por domicilio. Todo fue cerrando, restaurantes, bares, ferreterías oficinas públicas… Las ciudades y pueblos parecían lugares fantasmagóricos extraídos de las películas; lógicamente Valledupar no fue la excepción.
Pero un hubo un grupo laboral que enfrentó la pandemia. Sí tenían miedo como todos y más allá de la remuneración que serviría para medio sostener una economía que resultaría resquebrajada, ellos cumplieron una labor social cual conejillos de indias que temerosos cumplieron; se reinventaron, se llenaron de fuerza y cumplieron con su razón de ser: llevar a las casas lo que por miedo o por restricción no se podía buscar, como pedidos gastronómicos en especial, mercados, medicamentos y todo tipo de envíos. Nadie visitaba a nadie.










