Durante años, el valle del río Jequitinhonha, en el sureste de Brasil, cargó con el estigma de ser un rincón paupérrimo, marcado por el hambre y el analfabetismo de sus habitantes. Pero bajo la corteza reseca de un paisaje castigado constantemente por la sequía resulta que se escondía un tesoro: enormes reservas de litio, el “petróleo blanco”, como dicen algunos políticos locales.
El mineral, clave para fabricar las baterías de teléfonos inteligentes o coches eléctricos, ha desatado una nueva fiebre a nivel mundial y ha llenado de optimismo a esta región deprimida, pero también está dejando un preocupante rastro de efectos colaterales.
En la pequeña ciudad de Araçuaí, de poco más de 30.000 habitantes, se respira un clima de euforia. “Tenemos mucha esperanza. Podemos transformar toda esta riqueza mineral en buenos servicios para la población, en mejorar sus vidas”, dice por teléfono el alcalde, Tadeu Barbosa. Desde hace poco más de un año, las calles de esta ciudad de casitas bajas y gente acogedora son un hervidero de trabajadores de las empresas mineras. Los precios de la vivienda se han disparado y a veces hasta falta pan de molde en los supermercados, admite el alcalde. Aquí está el epicentro de la producción brasileña de litio. El año pasado el país produjo 15.200 millones de toneladas de este mineral clave para la transición energética.










