La reciente publicación del libro ‘Lo soñé, lo jugué, lo gané’, del periodista deportivo Javier Hernández Bonnet, volvió a poner en el centro del debate el peso que tuvieron los poderes armados en la vida pública del Caribe colombiano a comienzos de los años 2000.
En una de las páginas del libro, Bonnet relata que el 1.º de febrero de 2004, durante los preparativos del partido de despedida de Carlos ‘El Pibe’ Valderrama, el evento estuvo a punto de cancelarse porque el Instituto Distrital de Recreación y Deporte de Barranquilla se negó a prestar el estadio por incumplimiento de requisitos. Sin embargo —según se lee en el texto—, el entonces jefe paramilitar Rodrigo Tovar Pupo, alias Jorge 40, “hizo valer su poder y sus amigos políticos en la ciudad” para que se levantara la prohibición y pudiera celebrarse el homenaje.
Un periodista que asistió a la Feria del Libro de Montería, donde Bonnet presentó su obra, recordó además que el autor explicó un detalle inédito: el caos logístico se originó porque Diego Armando Maradona, invitado central del homenaje, no llegó el día previsto por estar de fiesta en Cuba con Fidel Castro, lo que obligó a los organizadores a reprogramar de urgencia el evento.
“Los permisos no se iban a dar en unas horas —comentó el periodista—, y fue entonces cuando intervino Jorge 40 y se pudo hacer el partido”, recordó el asistente al encuentro literario.
La despedida que paralizó a Barranquilla
El homenaje al ‘Pibe’ fue un espectáculo que combinó nostalgia y fervor. Más de 40 mil aficionados llenaron el estadio Metropolitano Roberto Meléndez para despedir al ídolo samario, quien jugó su último partido junto a leyendas como René Higuita, Faustino Asprilla, Freddy Rincón y Óscar Córdoba. Maradona, que finalmente llegó al país, fue ovacionado al ingresar al campo con la camiseta 10 de Argentina, en una jornada que quedó grabada como uno de los momentos más emotivos del fútbol colombiano.
Detrás del brillo del evento, según el relato del libro y los testimonios posteriores, se movían las tensiones políticas y los hilos de poder que marcaban el contexto de la época.
El poder de Jorge 40 en el Atlántico
El episodio cobra especial relevancia a la luz de recientes revelaciones judiciales. En octubre de 2025, durante una audiencia ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), el exsenador liberal Álvaro Ashton reconoció sus vínculos con el Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y afirmó que Jorge 40 “tenía la misión de promover, impulsar y consolidar ese grupo en los departamentos del Atlántico, Magdalena, Cesar y La Guajira”.
Según Ashton, el paramilitar diseñó una estructura de control institucional que le permitió influir en decisiones políticas, sociales e incluso culturales de la región. El relato coincide con el contexto descrito por Bonnet: una época en la que el poder armado y las esferas públicas se cruzaban sin fronteras claras.
La anécdota, que conecta el fútbol con los hilos del poder político y armado, revive el debate sobre el grado de influencia que los grupos paramilitares alcanzaron en la vida social del Caribe durante los primeros años del siglo XXI. En aquel momento, el Bloque Norte, comandado por Tovar Pupo, mantenía presencia en amplios sectores del Cesar, Magdalena y Atlántico, justo antes de iniciar su proceso de desmovilización.
Más allá del gesto deportivo, la historia deja entrever cómo la pasión futbolera y la violencia política se cruzaron en un mismo escenario, el del Metropolitano, donde el país despidió a su ídolo y, sin saberlo, vivía una de las últimas demostraciones de poder de un actor armado que marcaría la memoria reciente del Caribe colombiano.
POR: REDACCIÓN EL PILÓN.






