Padre e hijo unidos por un mismo arte. Son los rostros ocultos del éxito individual de cada tenista, no importa de quién se trate o de dónde provenga.
Gerardo y Alexander llevan la misma sangre y cultivan la misma pasión, recorren las ciudades colombianas en donde el tenis sea noticia. Ahí están sus manos mágicas para hacerle una ‘cirugía’ a una raqueta deteriorada.
Disfrutan su labor en medio de tantas figuras del ‘deporte blanco’. Hoy su estación llega a Valledupar para rendirle tributo a un oficio heredado de sus ancestros. Alexander sigue las huellas de su padre Gerardo Manríquez Chávez, dos bogotanos que se ganan la vida tejiendo raquetas a gusto de cada deportista.











