Con los ojos encharcados de lágrimas incontrolables, producto de la frustración por no poder regalarle una medalla a su país, la vallenata Natalia Linares dio la cara ante los medios Canal Caracol Sports y Radio Nacional apenas unos minutos después de su primer intento fallido de clasificar a una final olímpica.
Ese llanto no es más que la ratificación de la grandeza de Natalia, una deportista que, a sus 21 años, quiso entregar mucho más, sin importar que a su lado tuviera rivales con mucha más edad, experiencia y recorrido.
Eran sus primeros juegos olímpicos, pero para Natalia no hay excusas que valgan. Su meta siempre está en el podio, y sus ganas la llevan a creer que está obligada, cada vez que salta a la pista, a ganar o morir. ¿Y cómo criticar ese pensamiento competitivo en un país donde la excusa es más común que el reconocimiento de errores?











