El llanto de una niña recién nacida en una habitación del desaparecido Seguro Social de Valledupar fue motivo de alegría para una madre, que jamás pensó que su única hija se convirtiera en una estrella del patinaje mundial.
Aquella tarde lluviosa del 27 de julio de 1996 trajo consigo una cigüeña bendita para un hogar que le dio la bienvenida a toda una campeona, Andrea Cañón nació para ser grande y hoy una cadena de logros nacionales, internacionales y mundiales arropan una hoja de vida envidiable a su corta edad.
Todavía con la ingenuidad de una adolescente alejada de un entorno frívolo para dedicarse de lleno al deporte que corre por sus venas, Andrea Cañón aún no dimensiona el alcance de sus logros, por eso habla con frialdad como si sus hazañas fueran algo cotidiano y sin valor alguno.










