CULTURA

El estanquillo

El verano de 1948 fue uno de los más largos y agobiantes que recuerdan los viejos ganaderos del histórico departamento de Magdalena Grande.

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Imagen creada con Gemini.

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El verano de 1948 fue uno de los más largos y agobiantes que recuerdan los viejos ganaderos del histórico departamento de Magdalena Grande. La hacienda «Las Cabezas», cuyos títulos de propiedad fueron otorgados por la Real Corona española a los peninsulares Gutiérrez de Piñeres, establecidos en la ciudad de Mompox, fue quizá el más importante latifundio dedicado a la cría de vacunos que en la época generaba empleo para todos los pueblos de la región. Las Cabezas tenía su eje gravitacional en El Paso (hoy Cesar) y, con sus sesenta mil hectáreas de praderas, extendía sus dominios hasta los humedales y zonas lacustres de Chimichagua que, alimentadas por las crecientes del río Cesar, formaban inmensos playones donde el pasto admirable, llamado Paja e’ Páez (no sé por qué), constituía una despensa natural para la época de sequía.

Era tradición en la hacienda, al despuntar el mes de enero, trasladar los ganados desde El Paso hasta los playones del Guamito, en cercanías de Tronconal, un pequeño caserío donde los vaqueros podían, los fines de semana, mitigar la canícula y el cansancio con el licor que les vendía doña Encarnación Morales López en La Tronquera, el estanquillo del villorrio, y con las alegres notas del acordeón guacamayo que tocaba Naferito Durán, jefe de cuadrilla y responsable del éxito del veraneo del ganado que se emplayonaba hasta que la primavera sonreía nuevamente a finales de marzo.

La temporada veraniega albergaba en el Guamito hatos de otras haciendas menores y Tronconal se convertía durante varios meses en centro de diversión para caporales y su tropilla, damiselas rebosadas de colorete y pachulí, comerciantes, fritangueras y uno que otro picó con sus estridentes bocinas Atlas, capaces de espantar no solo al perverso zancudo playonero, sino también al tigre devorador de novillos cimarrones. Los sábados aquello era un verdadero festín y en la cantina de doña Encarnación era frecuente ver otros músicos del entorno, entre ellos: Luis Felipe, el mayor de los Durán Díaz; Calixto Mejía; Samuelito Martínez y, vecino del lugar, su hermano Ignacio Martínez, «Nachera», protagonista en el célebre paseo La Loma.

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