No hay en Valledupar una institución educativa pública de las características de la subsede del colegio San Joaquín, en la carrera 3 con calle 16 a unas tres cuadras de la Alcaldía Municipal.
Está construida en un terreno de 840 metros cuadrados, en donde funcionan escuelas desde 1958 cuando se fundó el Instituto América; 11 aulas de mediados del siglo pasado, que deben ser abandonadas de inmediato, según el estudio de ingeniería civil que contrató Alberto Peñaranda, dueño del predio; hay una grieta del piso al techo, en un salón que guarda similitud con un calabozo y en el que reciben clases los niños de preescolar. Unos seis “calados” en las paredes, son la única ventilación para los pequeños.
Las aulas están construidas de tal forma que la temperatura del mediodía vallenato acosa a todo el que permanece seis horas dentro del plantel; el salón de primer grado, al lado de los dos baños malolientes, aguanta los fétidos olores que se sienten a las 12:00 del día.
Los niños corren y saltan debajo de un ventilador de techo amarrado con alambres en unas vigas de madera; el aparato amenaza con caerse. Estos son algunos de los aspectos de esas instalaciones de una escuela que alberga a 640 niños en dos jornadas de clases.






